Opinión | En el camino de la historia
Siempre habrá un espacio para la palabra atinada

Gonzalo Barrena, profesor de Filosofía nacido en la antigua república soviética de Tibilisi después de que su abuelo se embarcara como voluntario con los 'niños de Rusia'. / Mara Villamuza | LNE
Nos encontramos en plena digresión discursiva más filosófica que filológica. Pero de este desaguisado simplista que recoge vaguedades, frases a medio terminar donde el pensamiento constructivo desfallece, tendrá que emerger por arraigo intelectual la palabra atinada.
Cuando se vivieron años de miseria mundial tras una guerra y otra, que ocasionó millones de muertes, nunca desfalleció el discurso filosófico; la filosofía que se podía pensar iba a estar tachada con lápiz de trazo negro pudo escapar y desde el búnker del escondite, la palabra viva surgió comenzando una larga marcha hacia la democracia.
Nunca se tuvo miedo a la filosofía, tanto es así que el intelectual anduvo muchas veces delante de la política convenciendo a aquellos que eran los señores de la guerra, incluido a los del negocio que esta reportó, diciéndoles que ya estaba bien, que había que acabar con la fuerza de la destrucción ,y comenzar a construir conceptos clarificadores.
Emil Cioran, escritor y filósofo rumano, nos dice que «la aversión a la filosofía es siempre sospechoso, y quien la reprueba es que carece de rigor escudándose en palabras que componen un discurso intelectualoide que pudiera traducirse en retórica insípida».
Seguramente se preguntarían: ¿para qué pensar? ¿Para qué preguntar? ¿ Para qué ese tormento de las ideas caracoleando en el cerebro?
Qué necesidad, si tenemos artilugios supermodernos que dan solución a problemas sin apenas pronunciar palabra alguna; si acaso hablarle a la máquina, e implorarle repetición por si nos hubiésemos confundido al no apretar el botón adecuado para la destrucción.
Da la sensación como si la palabra, ya cansada, se escondiera en la caverna del neandertal para buscar un nuevo tono, una nueva melodía con la cual sea posible entonar un canto siquiera de esperanza alejado de la endecha que se remueve en unas cenizas de una hoguera que no ha provocado.
Ese nihilismo galopante pudiera ser el inicio de un lenguaje consecuente que dé noticias del acontecimiento tal cual es, alejándose de ripios malsonantes. Lo que se traduciría como el camino hacia la democracia moderna al desenganchar determinadas elites políticas donde se instalan personajes que tienen que ver con la altisonancia, el desparpajo ‘cantinflesco’ que nos conducirían hacia el imperio de la nada.
Además, la democracia no tiene por qué tener doblete alguno. El camino es único, donde la sociedad se funde perfectamente con el gobierno o por el contrario se le critica por sus desmadres y nepotismos. El gobierno apacible, que no tiene nada que objetarse a sí mismo, solo puede estimular odio, como remarca, además, el profesor de filosofía política de la Universidad de Saint Denis, Jacques Ranciére, en su libro Odio a la Democracia: «El doblete de la democracia como forma de gobierno rígido y como forma de sociedad permisiva es el modo originario en el que se racionalizó desde los clásicos el odio a la democracia».
Por esta razón si las palabras sirven muchas veces para enredar las cosas, pero, a pesar de todo, siempre habrá un espacio vivo para la palabra atinada.
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