Opinión | A babor
Geografía del patio

Pedro Sánchez se dirige a Alberto Núñez Feijóo durante una sesión de control en el Congreso.
Un mal día lo sobrevive casi cualquiera. Un mal año, pocos elegidos. Y Sánchez es uno de ellos: un tipo capaz de levantarse cada mañana con la serenidad de quien niega la evidencia, aunque la evidencia le esté rodeando la casa con bengalas y altavoces. Lo de este jueves no es un tropiezo. Es el recordatorio –el enésimo– de que la legislatura arrastra un cadáver institucional que huele cada vez peor: tres años sin Presupuestos, un bloqueo presupuestario que ya no puede mantenerse más, presentándose como coyuntural, y un Gobierno que ni siquiera consigue aprobar el marco imprescindible para empezar a negociar las cuentas. Si eso no es descomposición, se le parece bastante.
Junts vota en contra. Podemos también. Compromís se descuelga con una diputada que ya no traga saliva donde antes respiraba disciplina. Y así, sin épica, sin dramatismo, casi por desgaste, el Gobierno vuelve a estrellarse contra el muro. Puigdemont lo resume con maldad: lo que ocurre manifiesta la evidente incapacidad del Ejecutivo. No es que ellos no quieran sostenerlo, es que ya no creen que valga la pena seguir haciéndolo. El mensaje es corrosivo: recuerda urbi et orbi que Sánchez ha perdido la centralidad parlamentaria. Lo que sostiene la legislatura ya no es la política, sino el miedo de todos a que el PP gobierne tras las próximas elecciones.
A la misma hora que Sánchez era derrotado de nuevo en la Cámara, casi en paralelo, Koldo García y José Luis Ábalos confirmaban su entrada en prisión, indignados, dolidos, convencidos de que el PSOE les ha soltado de la mano para que se despeñen por el precipicio. Han caído dos peones que un día fueron imprescindibles, el titán ejemplo de socialistas descrito por Sánchez en sus memorias de triunfo, antes de considerarlo alguien anecdótico, y el hombre que le descubrió y le convirtió en líder del partido primero, y luego en presidente el Gobierno. Hoy ambos son material fungible: dos hombres a los que nadie quiere ver ni hablar. Dos hombres que ahora –de perdidos a Alcalá Meco– sí tienen un incentivo para contar lo que saben. Y si lo hacen –si abren la boca, si tiran de la manta, si señalan lo que todos intuimos– más de uno puede ir preparando su biografía de salida.
El abandono y la traición son parteras de enemigos eficientes. Ábalos se conoce la historia de Sánchez al dedillo. Sabe cosas: cómo se compraron emigrantes –pitufear, lo llama Koldo– para conseguir aumentar los votos en primarias, sabe cuántas veces viajó el Falcón a República, sabe cuál era el destino de las maletas de Delcy, y hasta es posible que tenga una idea de por qué cambió Sánchez de postura sobre Marruecos, o por qué Begoña estaba tan metida en lo de Air Europa o por qué Aldama le ha cogido esa tirria enorme a Ángel Víctor Torres, y por qué está convencido de que podrá llevarse por delante…
En esta crisis, cada palabra, cada nota, cada nombre, rebota en Moncloa. Si Ábalos y Koldo se suman al coro de Aldama, va a ser difícil sobrevivir siquiera unos días más. Porque no es sólo capacidad de aguante. Sánchez intenta que todo le resbale, pero en esta ópera bufa, una cosa es la música y otra la letra. Si la letra la ponen los tribunales, esto revienta. Ayer el juez Peinado, un magistrado de apariencia inconsistente, advirtió que si Moncloa no le manda las agendas de la consorte y su ayuda de cámara, podría considerar al presidente en rebeldía. No es una amenaza, no es un ruido: es la señal de que la investigación sobre el penúltimo y movido año del sanchismo no para en terceros bocazas, ni en mediadores avariciosos, ni en repeinados empresarios con vocación de jet: toca la puerta del jefe, se acerca al colchón nuevo que Sánchez puso en Moncloa. Lo que hasta hace meses parecía otro meneo político, hoy tiene número de diligencia. Malo.
O sea: un Gobierno sin Presupuestos, un Congreso que ya no se divierte, un PSOE que apesta a miedo... y dos presos con muuuuchos motivos para hablar. El cóctel es perfecto, explosivo, radioactivo. La legislatura sigue en pie por inercia, como un reactor que aún planea sin motor durante unos minutos antes de precipitarse irremediablemente. Sánchez sonríe, cose titulares atrevidos en el exterior, y mantiene el discurso de la estabilidad. Pero los hechos –los hechos son tozudos– dicen otra cosa. España amanece hoy con tres certezas nuevas: no habrá Presupuestos, Moncloa ya no cuenta con mayoría, ni va a recuperarla, y los silencios que mantenían la omertá comienzan a romperse. Si Koldo o Ábalos hablan mañana, la espera se habrá acabado. Si callan, será cuestión de tiempo: los procesos judiciales no se detienen, avanzan entre el ruido y la furia.
A veces, basta con un hombre –uno solo– que se niega a ser destruido sin llevarse a otros por delante. Así esta el patio.
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