Opinión | Toisones
Todo para el Rey, pero sin el Rey

El Rey emérito Juan Carlos I a su salida del restaurante D’Berto, a 5 de noviembre de 2025, en O Grove, Pontevedra, Galicia (España). / ELENA FERNÁNDEZ / EUROPA PRESS
De sorpresa en sorpresa, España ha inaugurado una nueva forma de Estado monárquico antiabsolutista, modificando ligeramente el «todo para el pueblo pero sin el pueblo» en «todo para el Rey pero sin el Rey». Abundan los precedentes de premiados que se niegan a recoger un galardón, encabezados por Marlon Brando y Jean-Paul Sartre, pero sería más arduo encontrar a personajes que tienen prohibido asistir a su homenaje. Juan Carlos I ha inaugurado otra transición desde la clandestinidad, en este caso del esplendor hacia el anonimato.
En la democracia absolutista recién estrenada, se prodigan los mismos discursos lacrimógenos y sonrojantes a la monarquía, pero ahora vienen acompañados de la expulsión de la figura señera y principal. Este destierro no ha sido decidido por una población ajena al ritual y cada vez más alejada de las instituciones, sino que corre a cargo de los propios organizadores. No quieren mostrarse junto a quien afirman que acabó con la dictadura. La ceremonia en honor del vetado se engalana con una rifa de Toisones de Oro, acogidos con discursos memorables. Herrero de Miñón atribuye al Rey expulsado del acto ¡y a la reina Sofía! las virtudes de la restauración democrática, relegando las supuestas elecciones populares a un papel anecdótico aunque «vivificador». El renovado Felipe González antisocialista solo está preocupado en consignar que el collarín «no es un título nobiliario», como si a alguien le importara la diferencia. A continuación, enaltece también a Sofía de Grecia, reina consorte que solo juega el papel subordinado a su matrimonio con el innombrable Jefe del Estado.
En este «todo para el Rey pero sin el Rey y con la Reina», el mérito de Doña Sofía consistiría en haber soportado el comportamiento intolerable del esposo que la traicionó por sistema. Juan Carlos I se propuso instaurar la democracia, garantizar la continuidad monárquica, conquistar a un máximo de mujeres y enriquecerse, no necesariamente por este orden. A trancas y barrancas puede hablarse de cuatro objetivos cumplidos, a falta de saber si el odio actual a quien solo es presunto inocente se debe al descubrimiento colectivo de que los reyes no son los padres.
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