Opinión | El recorte
Siempre acaba mal

Carlos Mazón, este miércoles a su llegada al Palau. / M. A. Montesinos
Para pertenecer plenamente a cualquier secta debes abdicar de la razón. No se puede pensar y adorar al mismo tiempo: es incompatible. Si deseas militar en una ideología en España tienes que abrazar con devoción el argumentario y estar dispuesto a comulgar con las ruedas de molino que fabrican las mentefacturas de las sectas. Nuestro país está dividido en dos grandes bloques. Están las izquierdas y las derechas, los progres y los conservadores, los rojos y los azules. Los de siempre. Dos hinchadas que pueden llegar a ser fanáticas.
Han concluido que Carlos Mazón, el presidente de la Comunidad Valenciana, cometió un error incompatible con su cargo. No estuvo al frente de su tierra en el momento más aciago. Mientras la gente moría ahogada en una espantosa riada debió ponerse al frente de la emergencia. Pero no estuvo allí. Y por lo tanto era evidente que debía marcharse. Pero eso no basta. Si quieres ser plenamente aceptado en la secta debes creer que es un cruel asesino. Aceptar el hecho indemostrable de que si él hubiera estado donde debía estar, en cuerpo y alma, se habrían salvado milagrosamente las vidas que se perdieron. Y no solo eso, debes jalear que se investigue qué estuvo haciendo y con quién. Y de dónde salió el suéter que llevaba puesto al final de la tarde. ¿Se duchó Mazón después de comer? ¿Tuvo una aventura? ¿Fue una mujer la causa de su ausencia? ¿Estaba refocilándose mientras morían más de doscientos valencianos? Si solo crees que todo eso es irrelevante y que lo realmente importante es que no estuvo en su puesto, no puedes ser de la secta.
Si piensas que un fiscal, que conoce una investigación en marcha no puede proceder a la destrucción de pruebas. Que no es lógico que borre sus mensajes y sus correos y haga desaparecer el terminal de su teléfono público. Si crees que ante la Justicia todos debemos ser iguales y que no importa que seas el novio de una presidenta o la esposa de un presidente y que no deberían producirse actuaciones extraordinarias en función de quien se trate. Si crees en todo eso, eres incompatible con cualquier secta.
Si estás harto del pensamiento procesado y reivindicas el derecho a tener tus propias ideas no puedes ser miembro de ninguna de las iglesias que se han edificado sobre las ruinas de la cordura y el sentido común en este país. No tendrás ninguna confortable manada que te acoja en su seno. Y verás, náufrago en tu solitaria isla, cómo todo se envenena. Cómo la derrota cantada de una de las sectas, que se aproxima como un tren de mercancías, provocará el incendio de las calles y el enfrentamiento civil. Porque el poder ya no es una carrera de relevos, sino una empresa de prósperas colocaciones. Porque la política ya no es un servicio a la democracia sino una partitocracia de mercado, donde se promociona la incompetencia mejor pagada.
Intento pensar que la fortaleza del sistema nos mantendrá a flote. Que la esencia de la democracia permitirá que algún día regrese la prudencia, la seriedad y el decoro público. Pero cada día ofrece pruebas de que todo está perdido. Que en España, como decía Gil de Biedma, la historia siempre acaba mal. Lo de la libertad sin ira fue un espejismo.
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