Opinión | El recorte
Tiempos de cambio

Foto de la iniciativa que impulsa que La Graciosa esté en el escudo oficial. / La Provincia
Ahora nos ha dado la matraquilla de que no somos siete sobre el mismo mar, sino ocho. Llevados por nuestra inmanente tendencia al equilibrio, algo que durante años fue un trastorno obsesivo compulsivo de las burguesías capitalinas, la provincia de Las Palmas ‘de’ Gran Canaria quiere contar con tres islas satelitales, igual a la de Santa Cruz ‘de’ Tenerife. La preposición ‘de’ tiene, en ambos casos, sentido de pertenencia. Y ya con eso se puede ver el caminar ‘de’ la perrita.
Así que vamos, cantemos, somos ocho sobre el mismo mar. Y a freír puñetas nuestra juventud porque ya no tendrá sentido recordar los tiempos en que cantábamos aquello de las siete estrellas verdes. Para terminar de joderla ya solo les falta cambiar también la bandera tricolor.
A ver: no me parece mal que las cosas cambien. Todos cambiamos de sitio los muebles de vez en cuando. Pero creo que hasta en las mudanzas hay prioridades. Si quieren que La Graciosa sea una de las ocho islas oficiales de Canarias podrían empezar por crear un Cabildo. Y una delegación del Gobierno autonómico. Y un subdelegado del Gobierno central. Y ya con eso tendría empleo el noventa por ciento de la población aborigen. Un poquito más que en El Hierro, donde solo la mitad de la gente vive de un salario oficial. Eso permitiría que Caleta de Sebo se convirtiera en otra nueva capital insular, con su ayuntamiento, sus coches oficiales y su parafernalia. En diez años en La Graciosa no cabe ni un alma.
El siete es un número mágico. Pero el ocho es par. Y además es como el símbolo del infinito puesto de pie, que tiene mucho que ver con la esencia misma de Canarias, que es más de estar acostada, como el infinito matemáticamente expresado. Debe ser por eso –por lo de estar acostada– que las Islas Canarias eligieron un himno somnoliento que no ha terminado de calar. Bueno, mejor dicho, que ni siquiera se ha mojado.
Benito Cabrera es el autor de una de las canciones más hermosas, en música y letra, que se ha compuesto dentro y fuera de nuestras fronteras. Es ese villancico que cantamos –o tarareamos– todos los canarios en navidades. A Benito le encargaron la letra del himno, compuesto en tiempos de Maricastaña por Teobaldo Power. Y hay que reconocer que hizo lo que pudo. Pero a un arrorró, que es una canción de cuna, no se le pueden pedir milagros. Cuando suena el himno canario en vez de una ola de patriotismo hay mucha gente a la que le entra una baifa.
No digo que sea mejor el pasodoble Islas Canarias. Ni el villancico Una sobre el mismo mar. Ni siquiera creo que deba someterse a votación popular, porque acabaríamos teniendo como himno un merengue o una bachata. ¡Vaya usted a saber! Pero habría que darle una vuelta a la cosa. Porque hay más patria en una estrofa de la Cantata del Mencey Loco que ronquidos en el himno nacional canario.
Pero si estamos por los cambios, a los dos perros del escudo, que son dos bardinos, ya les pueden ir pintando un collar, porque en la página oficial del Gobierno guanche están con el cogote al aire. Y ¿de cuándo a donde se ha visto que estemos en esta mansa tierra, que siempre ladra pero nunca muerde, sin cadena y sin correa?
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