Opinión
Aquellos tiempos

Libros en una libreria.
Debajo de una parka hicimos nuestra opera prima y nos sentamos al borde de la madrugada con los pies colgando. Fui de una generación que leía libros prohibidos y los paseaba envueltos en fundas hechas con hojas de periódico. Estuve allí, cuando el presidente Arias, con su bigotito facha y sus orejas de soplillo, anunció lloroso y en blanco y negro el fin de la tromboflebitis de España. Y fue como si amaneciera. Las calles se llenaron de juventud y de libertad. Una marejada que se llevó por delante los restos del naufragio franquista, con sus gabardinas y sus gominas siniestras.
La primavera de una nueva vida floreció en los quioscos con periódicos apasionados, revistas de humor bestial y revistas con chicas en pelotas que habrían causado hoy la indignación de colectivos feministas. Del Cojo Manteca a Susana Estrada, fuimos devorando personajes luminosos, divertidos y provocadores. Los terroristas seguían matando para nada, como luego se vio. Y en las cafeterías se reunían marxistas, maoístas, democristianos y meapilas para discutir de todo y de todos, mientras la absenta iba causando daños irreversibles en la coherencia. Se fumaba en las terrazas, en los bares, en los aviones, en los coches, en el Congreso y en el cielo. Nada estaba prohibido porque habíamos despertado de una pesadilla en la que todo estaba perseguido.
Aquella gente no fue la mejor. No se podían comparar a Ortega, Azaña, Unamuno, Marañón, Pérez de Ayala… Pero con la generación de los más brillantes España acabó en el pozo más oscuro. ¿Por qué no probar al revés? Todo salió bien. Desenterraron de los tiempos pretéritos unas urnas que no eran funerarias, sino paritorias. Y los españoles, por millones, acudieron a votar para elegir a sus diputados y sus concejales. Se construyó, por comunistas, socialistas, conservadores y nacionalistas, una Constitución que iba a funcionar durante más de cuarenta años. Se hizo un Estado descentralizado. Se sobrevivió a conspiraciones e intentos de golpes militares. Se soportaron los asesinatos de los terroristas.
¿Por qué pudimos? Porque quisimos. Porque, como cantaba Jarcha, había libertad sin ira. Porque veníamos de la noche y aún nos admiraba la luz de la libertad. Porque hubo varias generaciones que sabían lo que valía un peine. No fue perfecto. Hubo gente que murió por el camino. Hubo intentos de que todo fracasara. Pero la gran mayoría no cayó en las provocaciones. La derecha pilotó la transición con Suárez. Y la izquierda se encargó de la modernización con Felipe. Aquel gran Cambio que le dio a España una patada en el culo para ascendernos a Europa.
Los que han nacido en la libertad la asumen como un hecho irrelevante. Nadie le concede valor a respirar, porque es algo biológicamente natural. Nuestra sociedad ha entrado en una espiral de regulaciones que pretende ordenar el denso tráfico de todos los derechos. Se acabó el prohibido prohibir: prohibimos mucho. Y el enfrentamiento emocional ha sustituido a la discrepancia intelectual.
Lo siento. Yo sí soy de los que piensan que contra Franco vivimos mejor. Sobre todo cuando bailamos, todos juntos y en libertad, sobre su tumba. Aún no habían llegado las tribus.
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