Opinión | Tal cual
Recordando la Transición

Imagen de la firma de los Pactos de la Moncloa, el 25-10-1977 | EFE / juan fernández
El «francomodín» que viene utilizando el sanchismo pretende reescribir el pasado, crear una cortina de humo para opacar la corrupción que lo inunda y, de paso, ahondar la trinchera contra el enemigo político. Es evidente que el antifranquismo, devenido en una posición ideológica contra las dictaduras, es falso, puesto que la izquierda española solo combate un tipo de dictadura: las de las derechas. Nada que decir de China, Cuba, Rusia, Venezuela o Nicaragua, entre otras.
Es por ello que el gobierno de Pedro Sánchez ha perdido una oportunidad histórica para recordar con gratitud la Transición y, por extensión, la Concordia. La izquierda española no sabe cómo hacer frente a su fracaso histórico, porque, como todo el mundo sabe, Franco murió en la cama, aunque a ellos les habría gustado que lo hubiera hecho como Mussolini o Ceaușescu, pero no fue así.
No quieren aceptar o asumir que la Transición fue un acto heroico de todos los españoles, independientemente de su ideología, que decidieron olvidar el pasado y eligieron un futuro hermanado en una democracia liberadora, que sirvió de catarsis universal.
Por el contrario, ahora el gobierno practica una política divisoria que no es sino el combustible ideológico de una izquierda que promueve el odio civil. La izquierda no ha sido capaz de valorar en sus justos términos el acto de inmensa generosidad que constituyó la Transición.
Siguen sin entender que no fue un acto de revancha, sino un abrazo entre españoles. La democracia se negoció, no se conquistó a través de ninguna revolución.
Por consiguiente, no es de recibo celebrar los 50 años de la Transición como un mero acto luctuoso por una muerte, sino más bien como el nacimiento de una gran obra política, que es lo que realmente tiene valor. No hay que olvidar que la simple muerte de Franco no garantizaba la democracia y que, aunque él pretendió dejar todo «atado y bien atado» en las manos de su sucesor a título de rey, Juan Carlos I, cualquier «chispa» podría haber originado una nueva confrontación suicida y, por consiguiente, un nuevo derramamiento de sangre.
Nadie pensaba que la Transición fuera a acabar bien. Aun así, Juan Carlos, que tuvo en sus manos todo el poder del régimen franquista, decidió unilateralmente devolvérselo al pueblo español a través de una Constitución y de unas elecciones libres que condujeron a una democracia liberal y a un Estado de derecho. Para ello contó con una clase política extraordinaria e irrepetible -Torcuato Fernández Miranda, Suárez, Carrillo, Fraga, Gutiérrez Mellado, Felipe González…- que tenía voluntad de entendimiento y sentido patriótico natural por encima de sus propias ideologías -cosa que, por desgracia, hoy no sucede-. Decidieron que los franquistas se autodisolvieran, que los comunistas abrazaran la causa de la reconciliación y que el Ejército permaneciera leal al rey y no saliera a la calle.
Pero no toda la izquierda quería esa reconciliación ni, como era evidente, una democracia plena. No hay que olvidar que la ETA mató el 20 de diciembre de 1973 al entonces presidente del gobierno, Carrero Blanco, y que el FRAP seguía matando a policías y a Guardias Civiles, con la clara intención de desestabilizar al país y que la derecha se levantara en una nueva contienda.
Por todo ello, es absurdo e hipócrita que la izquierda quiera darnos ahora lecciones de memoria democrática, cuando ninguno de ellos tiene un pasado heroico presentable, y mucho menos democrático.
También es necesario recordar que el 20 de noviembre de 2002, en el Congreso de los Diputados y por unanimidad, se repudió al franquismo con una propuesta del gobierno del PP del presidente Aznar.
Por último, cabe reseñar que parece injusto que, durante las actuales celebraciones que se están llevando a cabo por el 50 aniversario de la Transición, no se cuente con uno de los protagonistas imprescindibles para que dicha transición se llevara a buen puerto, como fue el rey Juan Carlos I.
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