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Opinión | El recorte

La sanchosfera acorralada

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a su salida del Congreso este jueves.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a su salida del Congreso este jueves. / José Luis Roca / EPC

Lo que es la vida. Estaban ayer en Moncloa en plena lucha antifascista, soplando en las cincuenta velas del aniversario del día en que Franco estiró la pata, y les llega un motorista con la sentencia del Tribunal Supremo que condena al Fiscal General del Estado a dos años de inhabilitación. «¿Es un borrador?» preguntó Sánchez anonadado. Y le contestaron que sí. Hasta que se dieron cuenta de que estaba hablando de la sentencia y no del fiscal. Claro; un disgusto tremendo.

Pedro Sánchez, a su regreso del desierto, donde ayunó cinco días y quinientas noches, contó a sus fieles que era una víctima de la fachosfera. Una conspiración de la derecha que había lanzado sobre su áurea cabeza una lluvia de fango —como el de Paiporta— y de bulos, con el objetivo de aniquilarle políticamente.

Los bulos eran informaciones que afectaban a José Luis Ábalos y Santos Cerdán: dos secretarios de Organización del PSOE unidos por el nexo de un asesor, «ejemplo de militancia socialista», llamado Koldo García. No era casual que se les atacara con saña porque eran tres personas muy cercanas. Las que le ayudaron a reconquistar el poder en el partido. Patxi López llegó a decir, con santa indignación, que el informe de la UCO sobre Cerdán «ni ha existido, ni existe». Y se preguntó amargamente quién le devolvería a Santos Cerdán su honor perdido. Luego se publicó el informe «inexistente». Y un juez decretó prisión provisional para Cerdán. Quedó muy claro que Patxi López había desperdiciado una maravillosa ocasión para quedarse callado.

Cuando la defensa de Ábalos, Koldo y Cerdán se demostró causa perdida y una inaudita colección de audios le puso a todos la cara como el Tomate Orlando, la sanchosfera los dio por caídos por la patria y pasó al siguiente frente; Begoña Gómez y David Sánchez, esposa y hermano del presidente, y Álvaro García Ortiz, el Fiscal General del Estado. Pero como ya existían causas abiertas y jueces de por medio, el relato pasó de los bulos de la fachosfera mediática al lawfare, o sea, a los jueces que prevarican persiguiendo injustamente a inocentes.

Pero el argumentario se tambalea. La Fiscalía no solo ha pedido ya veinticuatro años de cárcel para Ábalos y casi veinte para Koldo García, sino que en el fango chapotean políticos, empresarios, empresas, mascarillas, el rescate de Air Europa, el tráfico de influencias, la adjudicación de obras públicas, comisiones y mordidas. Un verdadero sindiós.

La condena impuesta ayer por el Tribunal Supremo al Fiscal General del Estado es otro golpe en la línea de flotación de Sánchez. Las llamadas y mensajes que se cruzaron entre fiscales la noche antes de que se filtrara el expediente judicial de Alberto González Amador, el novio de Isabel Díaz Ayuso, fueron un escándalo. Y el borrado de correos y mensajes hecho por García Ortiz, que no entregó su teléfono, le señalaba como una flecha luminosa. El año pasado hubo ciento ochenta y cuatro condenas por delito fiscal en España y nadie conoce ni un solo nombre. Porque ninguno era el novio de Ayuso.

Sánchez, un superviviente asediado por los escándalos, está dispuesto a resistir hasta el último hombre. Ya le queda uno menos.

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