Opinión | Más allá del Negrón
Juan Carlos Laviana
La pérdida de la confianza

Libros en una libreria.
Coinciden en las librerías dos libros que indagan sobre las causas y consecuencias del desasosiego que invade nuestras vidas. Por un lado, La sociedad de la desconfianza (Arpa), de la filósofa Victoria Camps. Y, por otro, Soledad sin solitud (Ediciones Nobel), que le ha valido a su autor, Andrés Ortega, el último premio Jovellanos de ensayo.
En sus diferentes acercamientos a los males de la sociedad actual, ambos autores coinciden en abordar la desconfianza como uno de los síntomas, tanto de la brecha que se ha abierto entre los ciudadanos y los políticos, como de un desencadenante de la llamada ‘epidemia de soledad’, que se ha extendido como la pólvora en este primer cuarto de siglo.
Victoria Camps recurre al problema del acceso a la vivienda como ejemplo de uno de los motivos de la pérdida de confianza en el Estado. «Debería haber una garantía por parte del Estado, por parte de un Estado que se dice que es social, que garantice ese derecho, y eso no existe –argumenta la filósofa en una entrevista en Ethic–. Eso obviamente crea desconfianza porque tenemos el principio, pero no vamos a los hechos. Lo que nos hará recuperar la confianza es pasar de los principios a los hechos. Cuando veamos que realmente se cumplen determinadas expectativas, entonces recuperaremos la confianza».
Andrés Ortega, en su Soledad sin solitud, se plantea incluso si el estado de bienestar no está favoreciendo esa ‘epidemia de soledad’. Pone como ejemplo los casos de países desarrollados, como Japón, donde cada semana mueren 4.000 personas en soledad. O Suecia, donde, ya en 2015, el documental La teoría sueca del amor exponía que, al liberar al ciudadano de sus responsabilidades, como cuidar a sus ancianos, el Estado estaba contribuyendo a la desestructuración de la familia.
Como muestra de casos en que el Estado ha asumido funciones o deberes de los individuos, Ortega señala el caso paradójico de China, donde el espectacular aumento de los mayores que viven solos ha llevado al Gobierno a emitir una disposición que impone a los hijos visitar, al menos una vez al año, a sus padres ancianos.
Victoria Camps aclara que no podemos achacar toda la responsabilidad al Estado. Hay un creciente aumento de la desconfianza entre los propios ciudadanos. Desde el momento en que inculcamos a nuestros hijos el «no hables con extraños» hasta esta sociedad polarizada en la que vivimos, que ha fomentado el rechazo al desconocido, al diferente. «La sociedad civil –critica– se empeña poco y tiene poca voluntad para afrontar los grandes retos de hoy».
«Delegamos en el Estado cuestiones que a lo mejor deberíamos resolver por nosotros mismos –añade–. Sobre todo, no hay compromiso por un bien común en el que nos impliquemos todos. La idea de libertad que hoy es preponderante (...) es una libertad que no se pregunta ‘para qué quiero ser libre’, ¡a qué me compromete la libertad’ o ‘qué deberes implica esa libertad que tengo’. ‘¿Tengo algún deber con respecto a la sociedad?’, ‘¿Lo que voy a hacer es lo mejor que se puede hacer, no solo para mí, sino para el conjunto de la sociedad?’. Esas preguntas no nos las hacemos».
Camps sostiene que hay un problema de educación. Se ha intentado enseñar la moral como una materia más, pero «la moral no se enseña como las matemáticas o la geometría. Se enseña con el ejemplo, se enseña con la imitación…».
Tanto Ortega como Camps observan una pérdida de socialización, de vinculación entre las personas. «Eso se hacía a través de la religión –concluye la filósofa–, porque el concepto de religión incluye ese sentido de religar a las personas, mantenerlas en una comunidad que sabe lo que debe hacer, porque tiene unas convicciones y de esas convicciones deriva un comportamiento. Con la secularización de la sociedad, eso que hacía la religión no ha sido sustituido por nada que consiga vincular a las personas en un sentido moral».
Entre tanto ruido, entre tanta agitación, resulta difícil escuchar. De vez en cuando, merece la pena pararse, practicar esa solitud deseada de la que habla Ortega y plantearnos cómo recuperar esa confianza perdida.
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