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Opinión | El recorte

Cambio de escenario

BELGIUM (BRUSSELS), 12/11/2025.- European Commission Executive Vice-President and Commissioner for Tech Sovereignty, Security and Democracy, Henna Virkkunen attends a press conference on the European Democracy Shield and the EU Strategy for Civil Society following the weekly college meeting of the European Commission in Brussels, Belgium, 12 November 2025. (Bélgica, Bruselas) EFE/EPA/OLIVIER MATTHYS

BELGIUM (BRUSSELS), 12/11/2025.- European Commission Executive Vice-President and Commissioner for Tech Sovereignty, Security and Democracy, Henna Virkkunen attends a press conference on the European Democracy Shield and the EU Strategy for Civil Society following the weekly college meeting of the European Commission in Brussels, Belgium, 12 November 2025. (Bélgica, Bruselas) EFE/EPA/OLIVIER MATTHYS / OLIVIER MATTHYS / EFE

Canarias habrá recibido, a finales del año próximo, unos cuatro mil seiscientos millones de fondos europeos en un periodo de siete años. Es un poco menos de lo que se está jugando para el próximo septenio. Y pinta mal.

Los burócratas de Bruselas han decidido que la Unión Europea se tiene que modernizar. Pasó el tiempo de invertir en el arado y hay que destinar una parte de los fondos —dos millones de euros— a la modernización, a la transición energética y a la digitalización. Y además, para más joder, hay que invertir cientos de miles de millones de euros en el rearme de un ejército europeo que sea capaz de defender las fronteras de los Estados miembros del matón ruso.

El cambio de objetivos desplazará recursos desde la agricultura y la ganadería europea hacia otras estrategias. Y para un territorio como Canarias es un palo, porque nuestra agricultura de exportación se sostiene en la subvenciones. Además, la UE pretende que la totalidad de los fondos y programas se gestionen por los Estados miembros. Y los canarios podemos tener la razonable seguridad de que si la llegada de los fondos europeos depende de Madrid, nos vamos a quedar a dos velas.

Las Islas Canarias decidieron aceptar la plena integración en el mercado de la Unión a pesar de que suponía renunciar a una historia de franquicias aduaneras y al consumo. Nos prometieron un río de oro y subvencionar la agricultura. Nos amenazaron con que quedarnos fuera de Europa, para un territorio tan cercano a Africa, era un error histórico. Al final, accedimos. Y nos conectaron a una manguera de fondos que trajo inversiones y subvenciones a granel.

Nos pasó como al que le toca ir al cielo y lo encuentra un soberano aburrimiento. Y se va de visita al infierno, que es un paraíso tropical, con campos de golf, fiestorros y música por todos lados. Regresa al cielo, dice que se va, hace la maleta y cuando llega al infierno es un mar en llamas, con demonios pinchando a la gente con tridentes y dándoles latigazos. ¿Esto no es lo que yo vi?, grita. Y Satanás, sonriendo, le responde que la primera vez era un posible cliente y ahora un socio propietario. Bueno. Nos hicimos socios de la Unión Europea. Y una vez dentro, el río de oro se ha ido secando con el paso de los años.

La agricultura y la industria europeas han estado hiperprotegidas por subvenciones y barreras arancelarias durante décadas. Y solo ha servido, salvo honrosas excepciones, para generar incompetencia. Las medidas que se basan en encarecer fiscalmente los productos de importación a los consumidores, para poder vender los de producción propia —más caros a pesar de estar subvencionados— tienen las patas muy cortas. Las autarquías arancelarias —como la que quiere crear Trump en USA— acaban siempre mal. Para competir hay que producir con la mejor calidad y a los mejores precios.

La UE pretende ahora sacar a sus sectores productivos de la incubadora. Será progresivo, pero inevitable. Y en ese escenario Canarias tiene que operar sus fortalezas. Somos enormemente competitivos en la venta de servicios turísticos. Y tendremos que aprender a serlo en la agricultura y en la industria de exportación. Y no es un drama. Es la cruda realidad.

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