Opinión | Risas y fiestas
Aida González Rossi
¿No somos nadie?

¿No somos nadie? / El Día
Estoy en Madrid mientras en Canarias la borrasca Claudia lo moja-vientea-electrocuta-ensalitra todo. Envío whatsapps a mis familiares para saber cómo están, pregunto cómo va la cosa, y, como no puedo ver, como no puedo oír el PIQUI PIQUI de la lluvia, me imagino la peor tormenta que se haya visto jamás en nuestros riscos escarpaditos. Imagino que cualquier zona es inundable, que alguien con una mano enorme vierte un vaso de agua con gas sobre El Médano, y El Médano se convierte en una especie de pecera dentro de la que todo lo que conozco se ablanda y se expande unos centímetros. Me imagino esa ventolera típica del Médano pero mil veces más enfadada y capaz de hacer ondear la Montaña Roja y todo y me imagino que el mar revienta. Sin más. Revienta.
Este tipo de pensamientos no son realistas, son secreciones de una mente traumatizada por esos relatos de desastres que se pegan a una y van impregnando posibilidades luego en la vida de un juguito catastrofista horrible. También mente hipocondriaca, islas-cuerpos, ¿qué nos va a pasar? Sobre todo, tal vez, ante una tormenta, una siente una especie de pequeñez terrible que es absolutamente real y a la vez no lo es en absoluto: estaba en Granadilla y tenía diez años mientras el Delta llegaba corriendo como un tiro y se empezaban a notar sobre la piel recién salida del colegio unas corrientes de aire rarísimas, estaba en la litera de abajo (¿y si la de arriba se caía con el viento?) llorando mientras mi hermana pequeña, de cinco años entonces, bailaba para consolarme y yo me preguntaba cómo era posible, si yo era mayor (quedaban cuatro años para que me empezaran a salir las tetas pero yo pensaba que ya estaban ahí a puntito ya), que tuviera yo más miedo. Tal vez yo ya había entendido una cosa que ella no: la fragilidad.
Tal vez cada una la entiende a su manera.
El otro día, botada en el sofá-Médano con mi madre, le dije: no te parece absurdo muchacha que fuera de la Tierra esté el espacio y que todo flote ahí y que eso no sea pa nada desde nuestra perspectiva pero en realidad sí solo que nosotras somos otra cosa no sé no sé me duele la cabeza de pensarlo. Ella sentía lo mismo, pero de otra manera: no miedito, sino fascinación. A mí es que esas imágenes tipo: cuando tengas un problema, piensa que eres así (imagen de la tierra muy pequeñísima mirada desde el espacio), me dan más ansiedad incluso. A mí es que me gusta mucho hundir los dedos a tope de profundo en la arenita de lo humano porque el sinsentido me abruma tanto que podría tener que venir una niña de cinco años, también ahora que tengo treinta, a consolarme con sus danzas y sus risas y sus ocurrencias que tal vez, tal vez, anclita anclita anclita.
Qué convivencia absurda de pesos y posibilidades. Estaba en la T4 de Madrid a punto de volar a La Haya para pasar unos días en una residencia en un festival de literatura cuando mi móvil tembló al mostrarme la noticia de la muerte de la ilustradora, muralista y maravillosísima persona Amaia Arrazola. Mi vuelo, retrasado, y yo, qué es esto, Amaia estuvo en un taller de escritura muy largo que di el pasado enero y siempre le digo a todo el mundo que es la persona con la que mejor me lo he pasado jamás en un taller. Me la encontré en El Médano en verano, dijo esta es mi profe, me dieron unas ganas de llorar genuinas, en el aeropuerto pues volví a llorar como una tormenta y luego tuve que elaborar todo ese llanto en inglés para poder compartirlo con la gente tras aterrizar. No somos nadiennn, ¿cómo se dice?
Es ese no somos nadie, tan cliché y tan poco tenido en cuenta antes por mí (o sea, tal vez los clichés pueden consolarnos si los tomamos en serio porque nos recuerdan que otres, por supuesto, han sentido antes nuestro dolor), es ese que todo esté duramente colocado pero de pronto pueda suceder algo repentino que.
2005, Granadilla, zapatitos colocados en la puerta por si acaso.
Niña que consuela.
Las muertes desgarran tanto porque se derrumba un todo.
Asustan las tormentas porque lo tenemos todo.
Listo y vivo.
Y nos choca el pensamiento del espacio y de la pequeñez absoluta porque hay tanto que mirar aquí que cómo sería posible que no fuera nada de nada.
Mi única medicinita para esa tembladera interior es pensar en todo eso. Quizá la vida humana es casual y frágil, pero miren todo lo que hemos hecho, y todo lo que hemos resistido. Nuestra propia crueldad es otra historia, pero, incluso dentro de ella, hay resistencia. Eso jamás podría ser absurdo. Pequeño. O frágil.
Canta Rosalía: Yo quepo en el mundo/Y el mundo cabe en mí. n
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