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Opinión | Símbolos

Pobres contra pobres

Los países pobres tienen riesgo de desigualdades

Los países pobres tienen riesgo de desigualdades / Agencias

Había un pobre, pobre hombre que llevaba con orgullo una bandera prohibida. El pobre, pobre hombre, enaltecía con pasión los símbolos de los regímenes que torturaban y asesinaban a los pobres, pobres hombres. Alzaba la mano y aplaudía con fervor, sin darse cuenta de que cada bandera que celebraba era una daga afilada directa a la espalda. Es la fábula de cómo los hombres pueden abrazar lo que los aplasta. Es como si un pez nadara con entusiasmo hacia el anzuelo sabiendo que lo atrapará. La historia del baile macabro de lealtad y autodestrucción, donde la ignorancia se viste de orgullo y el rencor regala besos a ese aliado que portaba la camisa azul en un pasado que nunca les benefició. Sin embargo, así somos de masoquistas, pagando las consecuencias que pronto veremos y ya atisbamos. Obreros pobres y jornaleros junto a ejecutivos y grandes empresarios defendiendo el mismo bien común. Qué oxímoron más extraordinario. Sí, mecánicos y reponedores defendiendo la supresión de los sindicatos, la privatización radical de la sanidad y la enseñanza, el sueldo mínimo y la bajada de impuestos a los que más tienen. Todo bajo los símbolos anticonstitucionales que tienen abrigo para cubrir a todo el mundo, hasta los pobres, pobres hombres. No hay manual para entenderlo; tampoco explicación que elimine la contradicción: hombres y mujeres que luchan por su propia ruina. Quizá la lección de esta fábula no sea juzgar, sino asombrarse de la capacidad humana de querer lo que nos daña, de aplaudir lo que nos destruye, de recibir con gusto la misma mano que nos abofetea. Y, tal vez, reconocer que la pobreza no solo es económica, lo es también de óptica, de historia y de memoria. Barrios marginales marchando como templarios del franquismo contra sus propios intereses, con partidos que deberían estar ilegalizados atrayendo a sus fieles con la melodía de la mentira y el embuste. Les están ganando la partida a los grandes partidos constitucionalistas españoles y a los no tan fuertes. Mi vecino tiene las manos ásperas y llenas de callos. Lleva toda su vida trabajando. Ahora quiere acabar con los migrantes en el mar, demoler varios ministerios y meter en la cárcel a todos. Su odio está alimentado por discursos que le prometen poder sobre otros, mientras él sigue atrapado en la precariedad. «Los impuestos son demasiado altos porque nos roban los de siempre», decía el otro día en la plaza mientras aplaudía la privatización de servicios que le encarecía la luz, el agua y la educación de sus hijos. Defiende el poder de quienes le empobrecen, creyendo que su obediencia es su libertad. Cada grito de odio, cada bandera ondeada, cada aplauso a símbolos que solo los aplastan más, es un acto de autodestrucción revestido de orgullo patrio. ¿Habrá algo peor que esa guerra de pobres contra pobres? Mientras tanto, los más listos pagan la entrada para ver esos combates que les llenan los bolsillos. Al final, ellos son los que pierden. Pobres, pobres hombres.

@luisfeblesc

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