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Opinión | El recorte

Volverán las oscuras golondrinas

Colocación de las urnas y papeletas.

Colocación de las urnas y papeletas. / / JORDI OTIX

Ya lo dijo Adolfo. No el del bigotito, sino el tísico de Bécquer, que era mucho mejor poeta y persona. Las golondrinas siempre vuelven para colgar nuevos nidos en los mismos balcones. En la vida cada primavera. Y en la política cada cuatro años.

La legislatura acaba en el 27 pero como al huevo se le empieza a agrietar la cáscara ya han sonado todas las alertas y se han disparado todos los nervios. ¡Que viene, que viene! Y las golondrinas que nos visitaron la última vez para pedirle el voto a los ciudadanos están regresando apresuradamente, para esponjar las plumas y hacer que nos volvamos a acordar de ellas.

El truco está en empezar un año antes de que se pongan las urnas. Por eso hay que estar fino calculando los adelantos electorales, que te pueden coger en ropa interior. La gran mayoría de los diputados y diputadas que pidieron el voto para hablar en nombre de los canarios no han levantado la voz para partirse la cara por sus votantes. Pero tienen una confianza ilimitada en la desmemoria y el pasotismo del electorado. Saben que si vienen unos meses antes de las nuevas elecciones, los votantes olvidarán que durante toda la legislatura no les han visto el pelo. Siempre ha funcionado. ¿Por qué tendría que ser distinto la próxima vez?

La culpa no es de las golondrinas. Ni de los golondrinos, excepto los del sobaco. Es el maldito sistema. La democracia se sostiene sobre la partitocracia. Y todo se ha construido a mayor gloria y esplendor de los partidos, seguidos de cerca por los sindicatos y las patronales. Todos estos complejos organismos pluricelulares, con alta capacidad de metástasis, se han enchufado una manguera de fondos públicos para subvencionar su existencia. Viven de los impuestos porque son las piezas sobre las que se asienta la representación del pueblo. Solo que no es verdad.

Cuando un elector vota por un diputado o diputada tiene que hacerlo en la lista de un partido. Y es una lista cerrada. El diputado tal vez vaya acompañado de tres o cuatro toletes que no te convencen y a los que no quieres votar. Pero no te queda otra. Porque en realidad estás votando a un partido no a una persona que te vaya a representar. ¿Qué te crees? ¿Que eres británico?

Son los partidos los que ponen o quitan nombres de las listas. Y por lo tanto son los jefes de los partidos los que tienen agarrados por el cogote a los que aspiran a ser candidatos. Por eso en el Congreso hay alguien que levanta la mano para decirles a todos los miembros y miembras y miembres del grupo lo que ha ordenado el jefe que se tiene que votar. Y todos y todas y todes levantan la manita o aprietan el botoncito obedientemente. Porque si se les ocurre votar en contra de la corriente es bastante probable que sea su último desove. Nunca volverán a nadar en ese caudaloso río.

Todos esos diputados y diputadas y diputades –señor, chiquito coñazo– empezarán a aparecer dentro de poco para volver a colgar sus nidos en los balcones de Canarias. Ya están revoloteando y buscando desesperadamente temas para hacerse notar. Es el aroma de la Navidad electoral. Se encienden otra vez las luces de las promesas. Y regresan las anduriñas. Qué bonito.

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