Opinión | Retiro lo escrito
Destrucción mutua asegurada

El expresidente del Gobierno Felipe González, durante la celebración de los Desayunos del Campo, a 11 de noviembre de 2025, en Madrid (España). La agencia Grayling organiza este evento referente en España para el medio rural. / Jesús Hellín - Europa Press
Manuel Vázquez Montalbán entrevistó a principios de 1996 a Felipe González para su libro Un polaco en la corte del rey Juan Carlos. Las elecciones estaban a las puertas y después de casi catorce años unos bárbaros poco cavafianos estaban a punto de tomar la ciudad. Pero Vázquez Montalbán se encontró al presidente en La Moncloa cuidando de sus bonsáis y después almorzaron lentejas y se fumaron un puro. Felipe González había sufrido una persecución brutal por parte de la derecha política y mediática del país y, complementariamente, su izquierda lo ponía a parir. Lo habían acusado de dirigir y promover un partido infinitamente corrupto, de practicar el terrorismo de Estado, de no ser más que un jodido socialdemócrata al servicio del capitalismo español y transnacional, de aumentar insoportablemente los impuestos y las pensiones, de militarista irredento por dejar a España en la OTAN. El tan resistente Pedro Sánchez no habría soportado diez minutos en estas circunstancias y quien quiera constatarlo puede leer las portadas de ABC, El Mundo o La Vanguardia. «Para acabar con Felipe González, que parecía eterno», dijo bastantes años después Luis María Ansón, referente del llamado sindicato del crimen, «estuvimos a punto de traspasar los límites de la legalidad».
Las salvajes y sistemáticas arremetidas de la derecha contra el líder histórico del PSOE se han olvidado. Ahora la propaganda gubernamental de su propio partido lo llama facha porque está en desacuerdo con un secretario general que ha construido un cesarismo que no conduce al PSOE, sino que lo reduce a una maquinaria electoral y marketinera, vaciada de debate interno y donde cualquier disidencia brilla pecaminosamente como un anatema. Pero ese Felipe de 1996 era moderadamente optimista sobre las elecciones anticipadas y le dice a Vázquez Montalbán: «Vamos a ganar. O vamos a perder por tan poco que podremos regresar en breve al Gobierno». Después de catorce años y una campaña en la que Felipe González se dejó la piel el PSOE perdió por menos de 300.000 votos y consiguió 141 escaños frente a los 156 del PP encabezado por José María Aznar. Pero fue una derrota dulce que ni González (que se retiró rápido) ni sus sucesores supieron gestionar.
Me temo que estamos en un escenario preelectoral distinto porque está mutando una parte sustancial del electorado. Muchos votantes del PSOE están hartos del sanchismo y ni el miedo a una derecha radical los devolverá a las urnas, como hace dos años y medio. Lo que en su conversación con el maestro catalán Felipe González llamaba «la puta base» (sobre un 35% del voto) ha desaparecido. Pero la novedad es un sector sustancial del electorado (menos de 40 años, clases medias y medias bajas urbanas, mayoritariamente sin estudios universitarios, mileuristas y pequeños empresarios) que quieren un cambio drástico e identifican el voto antisistema y disruptivo con Vox. Es la organización política para el voto antipolítico. Como ha ocurrido antes en otras democracias el malestar y las demandas de esos cientos de miles de ciudadanos son ignorados (a veces incluso despreciados y ridiculizados) por la izquierda. Toda esa masa radicalizada aumentará en los próximos meses. Quieren cambios reales y rápidos: en materia fiscal y salarial, en el acceso a viviendas, en seguridad ciudadana, en contención o represión de la migración irregular.
El PP se apoyará en un Vox henchido por el éxito. Y de la misma manera que el PSOE sanchista decidió, avariciosa y estúpidamente, con gobernar enfeudado a los independentistas catalanes y vascos, el PP se verá hipotecado por el apoyo de la extrema derecha, participe o no en el Ejecutivo. Y cuando las dos principales fuerzas políticas de un país resuelven gobernar pactando concesiones con fuerzas que quieren destruir el orden constitucional el daño es irreversible. Primero, por supuesto, para ellas mismas. Pero sobre todo para el conjunto de preceptos, procedimientos, reglas y contrapesos que definen a una democracia parlamentaria como base de una convivencia libre y plural.
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