Opinión | UN CONFLICTO DE 50 AÑOS
José Vicente González Bethencourt
De Sáhara español a norteamericano

Marcha Verde en el Sáhara. / LP
Hacia 1966 estuve de paso por El Aaiún y Sidi Ifni cuando al avión que iba a Sevilla lo llamaban «saltamontes». Vivía entonces en La Palma y estudiaba Medicina en Cádiz. La Palma, Los Rodeos, Gando, El Aaiún, Sidi Ifni, Sevilla, y tren a Cádiz. Toda una odisea. Normalmente los estudiantes canarios viajábamos a Cádiz en barco, pero en aquella ocasión tuve que ir con Iberia. Recuerdo perfectamente el aeropuerto de El Aaiún, junto al desierto tan cercano, y la ropa colorida de los militares españoles custodiando el de Sidi Ifni.
En algunas ocasiones he intervenido en debates sobre el Sáhara. Recuerdo uno en 2014 siendo senador del PSOE en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife en el ciclo Mirando a África, con participación de PP, CC y PSOE, bajo la atenta mirada de un público muy pendiente de nuestras opiniones, y el 16 de noviembre de 2014 publiqué en EL DIA el artículo Sáhara Occidental: solución pactada antes que guerra. Había estado varias veces en Marruecos invitado por el catedrático de Lengua y Literatura Hispánicas de la Universidad de Rabat, mi buen amigo Abdellatif Limami, recientemente fallecido, con el que recorrí en su coche una parte significativa del país, haciéndome una idea de su realidad sociopolítica, al mismo tiempo que supe de la dramática situación del pueblo saharaui desde que España lo abandonó precipitadamente tras una descolonización mal resuelta por la dictadura franquista.
Estamos ante un conflicto en el Sáhara Occidental que ya va para 50 años desde la Marcha Verde que forzó la salida española de su antigua colonia, sin que se vislumbre una solución. Para España no es una cuestión exterior más, sino que tiene derivaciones en la política interior, puesto que existe mucha solidaridad de amplios sectores de su opinión pública, entre ella la canaria, con una parte del conflicto, el Frente Polisario, que choca con la otra que apuesta por unas relaciones de entrega-sumisión a Marruecos. Una situación muy complicada que preocupa a la dirección del PSOE y también a parte de la población canaria, que ve con recelo y preocupación la proximidad de Marruecos y el Sáhara y las decisiones que se adopten.
El Frente Polisario, que reivindica desde su fundación en 1973 la independencia de El Sáhara, reclama un referéndum de autodeterminación, que no ha podido celebrarse a pesar de ponerse en marcha en 1991 un plan de paz y la Minurso (Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sahara Occidental), puesto que, realmente, el gran objetivo marroquí, con el apoyo de Francia, España, Estados Unidos, Israel y otros países occidentales, es controlar y hacerse con el territorio saharaui mediante una autonomía propuesta en 2007. Hay que tener en cuenta que, como parte del acuerdo de normalización de las relaciones entre Israel y Marruecos, Estados Unidos es el primer estado que reconoce la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara.
Y mientras la ONU sigue siendo el marco de referencia básico para la solución del conflicto, y cientos de políticos y observadores visitan los campamentos de refugiados intentando acercar el diálogo entre las partes, el Frente Polisario, que no ve el final del conflicto, denuncia la «impunidad marroquí» y empuja a su pueblo hacia «posiciones radicales», colocando actualmente a España en una situación delicada al exigirle una solución pendiente desde 1975, optando el gobierno actual por la autonomía del territorio sahariano dentro de Marruecos y no por el criterio histórico de apoyo a la autodeterminación.
Y para completar el panorama, hace solo diez días que el Consejo de Seguridad de la ONU respaldó que el Sáhara Occidental sea un territorio «autónomo» dentro de Marruecos por 11 votos a favor, ninguno en contra y tres abstenciones (Rusia, China y Pakistán). Argelia, que acoge los campos de refugiados saharauis, se ausentó de la votación. La propuesta, que plantea delegar algunas competencias a la población saharaui, si bien quedando bajo control político, militar y religioso marroquí, ha caído como un jarrón de agua helada sobre los saharauis, que ven como única solución la lucha armada.
Mientras, Trump, que ve más cerca la posibilidad de negocio y explotación de fosfatos, tierras raras, minerales estratégicos, energía solar y eólica, cooperación militar, acceso a puertos del Atlántico, contrapeso a Argelia y reforzamiento de su posición en el Norte africano que fue español, se frota las manos.
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