Opinión | Análisis
José María Lizundia
Ángel Víctor Torres, colaborador necesario de la trama

El PP citará por cuarta vez a Torres en la comisión Koldo tras el último informe de la UCO
Al expresidente del Gobierno de Canarias sólo le faltaba brincar por todo lo que no había dicho el informe de la UCO de él. Se comía el mundo, y para demostrar que iba en serio, comenzó por la barba. Desvelado, de momento, todo lo no ocurrido: se había podido demostrar la no demostración de lo no ocurrido, aunque vete a saber. Se añadían elementos literarios y filosóficos de mucha soltura. De Javier Marías tomaba la posibilidad de que la vida que se vivía implicaba que otras no se viviesen y fueran anheladas. De Heidegger, el desvelamiento (Aleteia) de lo oculto y no presencial, y la negatividad de que persistiera lo oculto, lo que enriquecía su actitud, neutralizada con todo lo que no había hecho, por ahora. A fin de cuentas, no pasaba de cooperador necesario y entusiasta de una simple organización criminal gubernativa.
No repetiré todas las trapacerías-rapacerías de perro de presa canario contra sus probas subalternas del Servicio Canario de Salud, y de caniche baboso y lametón especialmente con su hermano moral Koldo y trama en su conjunto. La administración autónoma pasó a casino en el que se alteraban fichas y ruletas, conforme el modelo de cortijo caribeño del doctor Sánchez. Se esquilmaron las arcas canarias de una manera contumaz, y forma muy variada, en todo lo que fue menester, se jugó también a la ruleta rusa (los profesionales) con toneladas de mascarillas sabidas estériles.
Se dice de la calamitosa situación con el covid, de la emergencia, del estado casi de guerra, de la urgencia e improvisación. El actual gerente de la Memoria Democrática (chiringuito ‘antifa’ de progreso), en esos momentos de angustia atroz perdió los papeles porque en el Servicio Canario algunas funcionarias se empeñaron en que transparencia y legalidad eran susceptibles de ser observadas también en pandemia. Y juró represalias.
Dados los ímprobos y exhaustos trabajos ejecutados para los negocios de todo el clan, incluso arriesgados, no puede parecer muy fuera de lugar que pretendiera unos emolumentos de 50.000 euros, que Aldama cuenta se los refrenó. O una promoción interna aplazada, de meritorio, vía la secretaría de organización y la inmediación del gran autócrata, como finalmente devino.
No es que llegado el punto pierda por completo la sujeción a la legalidad administrativa, sino que es un verdadero peligro, de alguien abierto a todas las venalidades, sumisiones y abusos de derecho. Cacique comarcal otrora.
Pero Ángel Víctor cuando cumplimentó en una sociedad secreta, como la masonería dieciochesca, doctrinaria e irrelevante, cuyo templo inauguró con palabras de prócer de la Memoria Democrática y la Ilustración francesa, sentiría orgullo por haber cooperado con otra de verdadero riesgo: ¡una criminal!
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