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Opinión

El desencanto

Joaquín Costa predijo la llegada a España de un «cirujano con mano de hierro» que vendría a curar los males de una nación melancólica, tocada del ala desde la crisis del 98. El puñetero cirujano fue un general que para operar utilizó una bayoneta y nos tuvo en el quirófano cuarenta años sin anestesia.

Pedro Sánchez en su comparecencia en la COP-30.

Pedro Sánchez en su comparecencia en la COP-30. / Antonio Lacerda/EFE

«No sé qué votar. Todos me parecen iguales». La enredadera del desencanto extiende sus zarcillos por el alma de la gente. El país se ha dividido en dos bloques antagónicos: sanchistas y antisanchistas. Para los primeros, las ventosidades de Pedro Sánchez huelen a colonia. Para los segundos, el presidente es el anticristo. Y en medio están todos los demás. Los que se quitaron la pinza en la nariz, creyendo acabada la corrupción, solo para ponérsela otra vez ante la inmundicia de ministros puteros, sobres en efectivo y gente que hace fortunas a la sombra del poder.

La derecha catalana de Junts ha puesto fin al romance utilitario con el Gobierno de Sánchez. El naufragio de la legislatura ya es un hecho. Y salvo que se convoquen elecciones, por una moción de censura instrumental o una decisión del presidente, estamos en un atasco: sin presupuestos, sin mayoría parlamentaria de gobierno y sin rumbo. Y con un presidente y un partido cercados por la Justicia.

La izquierda grita que elecciones no, porque la ultraderecha viene a liquidar el feminismo, prohibir el aborto, recentralizar España a hostias y liquidar los derechos y libertades de los ciudadanos. La derecha responde que la ultra izquierda ha criminalizado al hombre, encubre un sistema clientelar del que viven incontables chiringuitos y está rompiendo España. Y quien no está del todo en ninguno de los dos frentes, está en tierra de nadie, aunque ahí ahora vivan millones.

Es obvio que Pedro Sánchez ha dicho cosas que no ha cumplido. O sea, que ha mentido. O, como dice él, ha «cambiado de opinión». Pero no es el primero, ni será el último político que ha soltado trolas; aunque tal vez sea el plusmarquista de todos los tiempos. Pero la peor herencia que dejará el Sanchismo es la radicalización y el enfrentamiento entre las dos Españas de las que hablaba Santos Juliá. Las de toda la vida. Las que hielan el corazón.

Pedro Sánchez ha resucitado a Franco para inocular en la sociedad la idea de que la derecha española añora el fascismo y la dictadura. Y ante una barbaridad, otra: la derecha ha envenenado el pozo de los resentimientos acusando al presidente de despiezar el país entregándoselo a los independentistas catalanes y a los terroristas vascos como precio para conservar en el poder.

Dentro de esa política de bloques, las víctimas tienen una utilidad asimétrica. Unos defienden tener memoria de los asesinados en la guerra civil y la dictadura. Otros recuerdan que los verdugos de la democracia, los terroristas del tiro en la nuca, pasean hoy por delante de los cementerios donde están sus víctimas. Cada bando levanta cadáveres como banderas.

Da igual que hayan fallecido arrastrados por una riada que asesinados por un artefacto explosivo fabricado por un extremista islámico. La política buitre desciende como un relámpago sobre cualquier desastre, cualquier víctima, cualquier descosido social. No para arrimar el hombro, sino para meter el pico en las vísceras de la indignación social.

Los que ayer padecieron la corrupción son hoy los inquisidores de los viejos inquisidores que les empujaron a la hoguera. La política es un interminable turno de venganza: el deseo del exterminio del adversario. Y en medio del pandemonium se levantan diques de contención fabricando leyes a la carta que permiten condenar opiniones contrarias. Normas que persiguen la libertad de opinión que en algún momento fue sagrada. Leyes que abren un peligroso precedente para que mañana se hagan otras, condenando el pensamiento discrepante que contraríe a un nuevo régimen y una nueva mayoría.

Joaquín Costa predijo la llegada a España de un «cirujano con mano de hierro» que vendría a curar los males de una nación melancólica, tocada del ala desde la crisis del 98. El puñetero cirujano fue un general que para operar utilizó una bayoneta y nos tuvo en el quirófano cuarenta años sin anestesia.

Parece que no aprendemos. De la crispación, el desencanto y la cólera nunca nace nada bueno. Pero en este país no se cavan surcos, sino trincheras. No tiene remedio.

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