Opinión | RETIRO LO ESCRITO
El caso de Jaime Mir
El caso del cliente de Nouakchott era una novela magníficamente escrita por un hombre que no quiso escribir más. Se dedicó a los amigos, fue feliz con su familia, aprendió a navegar, doblegó una canallesca enfermedad durante lustros

El caso del cliente de Nouakchott / ED
Contra cierto romanticismo letraherido ser escritor no es un destino, sino una elección, y a menudo no se trata de una elección definitiva. Contra las miasmas del tópico existen escritores momentáneos que se lo pasaron bien o se desahogaron espléndidamente y en esos trances dejaron unos cuentos, una novela, un diario o unas notas memorables o disfrutables por otros, a veces por muchos otros.
Aunque parezca contraintuitivo tales escritores son mucho más escasos de los que pretenden ejercer de Thoman Mann o Marcel Proust o Alejo Carpentier. Hace unos días falleció uno de esos escritores que acabada su única obra casi dejaron de escribir: Jaime Mir, el autor de la novela El caso del cliente de Nouakchott, que Eduardo García Rojas ha calificado acertadamente como el primer relato largo identificable con el género negro en Canarias.
Cuando ambos comentamos la noticia recordamos, en los restos del naufragio de la juventud que es el kiosco de la plaza de La Paz, coincidimos en que ese curioso y ajustado título – el de adelantado del subgénero de la novela negra en las islas – lo compartía Mir con Carlos Álvarez y su estupendo libro de cuentos Negra hora menos. Ambos libros se publicaron allá, hacia finales de los años ochenta, cuando creíamos que nosotros, y quizás nuestro país amnésico y macaronésico, terminaríamos bien.
Pero lo de Jaime Mir era una novela, una novela que había quedado finalista del premio Benito Pérez Armas, y que todos leímos a tres o cuatro golpes, como disfrutaba uno de tres o cuatro cervezas en el kiosco La Paz en las noches de la canícula chicharrera. En ese momento el kiosco no era todavía territorio de jubilados y jubiladas que se toman cafelitos mientras un cantante con micrófono al cuello canta los boleros de Armando Manzanero y Los Panchos. “Esta tarde vi llover/ví gente correr/y no estabas tú”.
No, por entonces el kiosco era una colonia disputada por escritorzuelos, colgados, fumatas, cantautores, adolescentes fascistoides, homosexuales ridiculizados, pintores engrifados, semiperiodistas, borrachitos que vivían el día como si fuera la noche y la noche como si fuera el día, y algunas tardes el olor a pachuli se te agarraba a la garganta. A menudo cerrada el establecimiento pero nosotros nos quedábamos sentados en las mesas. Todo eso duró los que el eructo de un bisonte, entre mediados de los setenta y finales de ochenta y desapareció antes mismo de doblar la década. Fue al final de esa época cuando apareció la novela de Mir y deslumbró a bastantes lectores.
La llamada generación de los setenta no construyó una imagen novelesca de las ciudades isleñas, salvo, en parte, Víctor Ramírez y Luis Alemany que, sin embargo, se dedicó en Los puercos de Circe más a morfologías de la frustración, la estupidez y el resentimiento. Temerosos de una íntima pobreza – en algunos casos ese miedo estaba justificado -- no llamaban Santa Cruz a Santa Cruz o Las Palmas a Las Palmas, qué cosa más paleta, y se inventaban ridiculeces faulknerianas como Salbago.
Lo que nos fascinó de Mir es que en su novela estaba viva esta pequeña ciudad, este ciudad que, como una vez dijo Juan Cruz, se acaba enseguida, pero solo para los que no la odian o no la quieren: yo no soy de esos e intuyo que Mir tampoco. No practicó nunca ningún costumbrismo; simplemente sabía contar una ciudad, hacerla andar, transformarla en un espejo por donde deambula la acción de su detective, el Jeque, anotarla de tarde o en tarde con un rasgo malicioso, irónico, a veces perfumado de sorrdidez.
El caso del cliente de Nouakchott era una novela magníficamente escrita por un hombre que no quiso escribir más. Se dedicó a los amigos, fue feliz con su familia, aprendió a navegar, doblegó una canallesca enfermedad durante lustros. Respetaba demasiado la literatura y detestaba demasiado al mundo literario como para hacer otra cosa que vivir la vida intensamente, y así lo hizo.
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