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Opinión | El recorte

Un prisionero condenado

Pedro Sánchez está atrapado en una situación diabólica. Sabe que seguir en el cargo va a ser un suplicio. Pero también sabe que no puede dejarlo, porque lo que le espera es el desierto.

Archivo - El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez

Archivo - El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez / Ricardo Rubio - Europa Press - Archivo

Veni, vide, vici. El Ábalos caído vino a Canarias –esta vez sin Koldo y sus tres sobres con efectivo– para concluir que no tiene nada que decir sobre las turbias adjudicaciones de la pandemia. Y lo peor es que es verdad. Le ha tocado el paseíllo por un fallo in vigilando con su ETT de sobrinas.

Los partidos de hoy no quieren derrotar al adversario, sino exterminarlo. Es lo que hay. Al líder de Coalición Canaria, Clavijo, le jodieron una presidencia de Gobierno porque estaba denunciado e investigado por la Justicia y Ciudadanos se negó a votarle. Se lo trabajaron muy bien los socialistas, que impulsaron una querella en su contra. Una bala de plata que contó con el caluroso apoyo de la Fiscalía. Bien lo dijo Sánchez: «¿La Fiscalía de quién depende?» Pues eso.

La utilización abusiva de los mecanismos de la Justicia como arma de destrucción política es una vieja conocida. Ha encanallado la política hasta extremos inimaginables. La carcoma del descrédito ha corroído nuestra democracia con las puertas giratorias entre las togas y los escaños y viceversa. Controlar el Poder Judicial era algo que se decía antes entre susurros abochornados en los partidos políticos.

Ahora ni se toman el trabajo de disimular las incoherencias. Los mismos que criticaron el aforamiento de Clavijo en el Senado, porque era una desvergüenza «huir» del caso Grúas, hacen hoy ingeniería del macroaforamiento obligando a dimitir a cinco personas de una lista para proteger a al presidente de la Diputación de Badajoz, involucrado en el caso de del hermano de Pedro Sánchez.

Se sostiene que en este país desmemoriado no se castigan las mentiras y los escándalos. Pero es posible que ya no sea tan cierto. Son demasiados estropicios seguidos. La versión oficial es que hay una conspiración contra el poder. Que las noticias son bulos y los jueces actúan contra un Gobierno limpio. Una pastilla demasiado grande para digerir cuando hay tantas en el frasco.

En política los acusados se suelen presentar como víctimas. Es un clásico. Lo hicieron antes y lo hacen ahora. Algunos, como el popular Camps, salieron indemnes. Otros terminaron en el talego. No existe nada que permita deducir que hoy vaya a pasar otra cosa. Pero el paseíllo judicial apunta a que son demasiados toros como para que no haya alguna cornada. Y el recurso extremo del indulto, que se usó por razones políticas en el caso de los ERE de Andalucía o en la declaración de independencia de Cataluña, no va a ser aplicable en sentencias que castiguen los pelotazos y el beneficio conseguido al amparo del poder.

Pedro Sánchez está atrapado en una situación diabólica. Sabe que seguir en el cargo va a ser un suplicio. Pero también sabe que no puede dejarlo, porque lo que le espera es el desierto. Los independentistas catalanes, a las claras, y los vascos, con su discreción de siempre, le están ordeñando a base de bien. Ha perdido casi un centenar y medio de votaciones en el Congreso y ni siquiera puede aprobar unos presupuestos. España desfallece entre apagones y un sistema ferroviario petado. Pero ni contigo ni sin ti tienen sus penas remedio. Es un prisionero, condenado a resistir.

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