Opinión | Generación I
Felicidad Batista
La lectura nos salva

Varios libros en una imagen de archivo.
La lectura es la manera de habitar la felicidad. Avanzar por las páginas de un libro supone un viaje sin retorno. Plagado de infinitos caminos que se multiplican y nos llevan a lugares interiores y externos de una riqueza invaluable. Y que, de otra manera, no resultaría tan intenso ni duradero.
Nos abre las puertas del conocimiento. Nos enseña a asirnos a las lianas que nos llevan de saber en saber. Nos forja y amplia el lenguaje que es imprescindible para construir los pensamientos. Tener autonomía y capacidad crítica para diferenciar la mentira de la verdad, pues facilita la reflexión y el libre albedrío. Enriquece la imaginación abriendo mundos creativos y ahonda la sensibilidad ante la belleza. Nos amplia la capacidad de las ideas, de deducir y de establecer rutas históricos, artísticas, sociales que conducen a descubrimientos personales. Pone palabras a nuestros sentimientos encontrando las expresiones que los definen. Lo que nos permite acercarnos a la comprensión de quienes somos. Detenernos a pensar qué mundo nos rodea, qué nos perturba o qué entorno nos haría más felices. Frecuenta la nostalgia y nos regresa a la memoria donde tenemos la biblioteca nuestros recuerdos en el orden de las emociones.
Leer para el cerebro es tan necesario como caminar para el cuerpo. No sólo es un deleite y felicidad al alcance de todos. Nos provee de bienestar emocional mientras intentamos comprender la vida, el río que nos lleva, el fluir inasible del tiempo, la mar que nos espera al final de los días. Y si Caronte nos ayudará a cruzar la Laguna Estigia o si el paraíso siempre estuvo entre los libros.
¿Se vive de igual manera la contemplación de la naturaleza sin la lectura? La dicha es incuestionable, pero la profundidad y la trascendencia de ver el sol al emerger del horizonte, el crepúsculo tornasolado, los aromas del monte, el gorgoteo del agua, el suave adagio de la lluvia, el vuelo majestuoso del cernícalo, nos sería lo mismo.
Adentrarnos en una narración o en un poema y tropezarnos con la multiplicidad poliédrica del ser humano. Sus luces y sus sombras, sus principios, sus contradicciones, sus dudas, sus traiciones, su pensamiento, sus sentimientos y emociones, son espejos sobre los que el lector se contempla, observa, analiza y, a veces, se descubre. Como afirma Alberto Manguel «todos nos leemos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea para poder vislumbrar qué somos y dónde vamos».
El placer de leer, es el placer de viajar. Desde el primer instante se parte de una estación que no admite retorno. Desde el sillón de casa, los caminos se abren y bifurcan a lejanos lugares. Recorremos ciudades sin planos ni mapas. De tal manera que, al visitarlas, nunca las veremos como son, sino como las hemos leído.
La lectura no sólo es un bien espiritual, también requiere esfuerzo físico. Acudir a la biblioteca, andar entre los interminables pasillos y estanterías de las librerías o ferias. Alzar los brazos para extraer aquel libro que nos llama o que nos encuentra. Caminar a casa deprisa, empujados por el deseo de abrirlo.
Leer aleja la soledad y nos llena de las historias que somos, nos alumbra la siempre misteriosa existencia del ser humano
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