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Opinión | Retiro lo escrito

Responsabilidades políticas

El dirigente socialista Gustavo Matos sube una de las escaleras de acceso al Parlamento de Canarias en Santa Cruz de Tenerife.

El dirigente socialista Gustavo Matos sube una de las escaleras de acceso al Parlamento de Canarias en Santa Cruz de Tenerife. / El Día

El silencio es casi total entre los dirigentes del PSOE. Pero no del todo. La secretaria general de los socialistas tinerfeños –y Tenerife es la organización insular en la que milita, digamos, Gustavo Matos– comentó ayer que el diputado no debería solo dar explicaciones a la prensa, sino también al partido, y que lo que había leído de su reunión con el hoy encarcelado Mohamed Derbah no le había gustado «nada». Supuestamente está abierto, o se abrió, o se abrirá de inmediato un expediente dizque informativo, que contará, como procede, con un instructor. Algún sádico ha comentado entre babas que el instructor podía ser Santiago Pérez, pero me parece casi demasiado sabroso para ser verdad. Mientras tanto Matos ha abierto una churrería de orgullos, explicaciones, proclamas, tuits, correos electrónicos, vídeos facebookeros, entrevistas amistosas, ecuánimes autoentrevistas y fotos enternecedoras para explicar que este ataque a su imagen es un daño colateral de la impúdica cacería abierta contra el PSOE en los medios de la derecha y la ultraderecha madrileña y que no hay nada de nada, aunque en las últimas horas se ha mostrado arrepentido por su reunión con Mohamed Jamil Derbah, quien, por supuesto, sigue en prisión.

Aunque el tino para elegir con quién merienda en El Corte Inglés parezca indicar lo contrario, Gustavo Matos no tiene un pelo de tonto. Por eso ha concentrado su apología en insistir en que no tiene nada que ver con operaciones criminales ni organizaciones delictivas, porque ni en las fantasías más malignas cabe relacionarlo con el narcotráfico. Yo personalmente estoy seguro que es así y que no existe ningún indicio –así sea el más pequeño y débil– para sostener lo contrario. Pero el vicepresidente segundo del Parlamento, simplemente, camufla su verdadera responsabilidad con un ardiente rechazo contra las responsabilidades falsas que insinúan otros. Su responsabilidad consiste, simplemente, en haber mediado entre el empresario libanés y la subdelegación del Gobierno a instancias del primero, que le transmitió –sin aportar ninguna prueba fehaciente– una presión coercitiva de la policía sobre algunos de sus negocios. Su responsabilidad es haber tomado nota de la solicitud y, en efecto, haber telefoneado al subdelegado del Gobierno, Jesús Javier Plata, para preguntarle al respecto. Su responsabilidad es haber llamado dos o tres días después a Derbah para contarle puntualmente lo que le había dicho el subdelegado. Su responsabilidad es el tono coleguita, cachanchán, obsequioso, encantado y encantador de su conversación con un hombre con el que, según confesión propia, solo había intercambiado saludos de cortesía en tres o cuatro actos sociales. Su responsabilidad es asistir a una reunión sobre la que flotaba el hoy por ti y mañana por mí como una ventosidad cómplice. Su responsabilidad incluye la pregunta de en calidad de qué estaba bebiendo café frente a Derbah y ofreciendo hasta un contacto con el ministro del Interior. ¿Como diputado, como vicepresidente de la Cámara, como miembro del comité ejecutivo del PSOE? Si no fuera todo eso, ¿se le hubiera invitado esa tarde del año pasado?

La responsabilidad de Matos, en definitiva, es una responsabilidad política. En una de sus crónicas parlamentarias (con perdón) Julio Camba cuenta que, aunque el público no le crea, el político, siempre que no tenga más remedio, está dispuesto a reconocer responsabilidades administrativas, responsabilidades civiles, responsabilidades penales. «Lo que no está puesto a reconocer un político –decía el maestro– son responsabilidades políticas». No lo hace porque las responsabilidades políticas son responsabilidades morales que le afectan íntimamente y le retratan sin adornos. No las reconoce porque, una vez admitidas, no puedes huir de ellas ni quedar exonerado gracias a un buen abogado. Porque esas responsabilidades, irremediablemente, son tú, y nada más que tú.

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