Opinión | Crónicas de otro tiempo
Yo vi jugar a Lamine

El delantero del FC Barcelona, Lamine Yamal, durante el encuentro correspondiente a la ida de las semifinales de la Liga de Campeones que disputan hoy miércoles FC Barcelona e Inter en el estadio Olímpico Lluis Company, en Barcelona. EFE / Alejandro García / Alejandro Garcia / EFE
De todos los teatros, el que interpreta el arte del fútbol figura entre los más sorprendentes. Como en todas las facetas de la vida, hay actores mediocres, soldados obedientes en el campo de batalla y atados a un desempeño aburrido incapaz de enamorarnos. Después tenemos a los que se atreven a liderar con un gran sentido organizativo, directores de orquesta que ayudan a los músicos a mejorar el rendimiento de su sonido. Solo de vez en cuando aparecen los excepcionales, raros especímenes que desabrochan los corsés del guión y subliman el ejercicio profesional hasta llevarlo a cotas inimaginables. Su insolencia provoca entusiasmo, la magia surge y el resto del equipo se contagia haciendo vibrar al público necesitado de identificarse con héroes que lo hacen olvidarse de los problemas. Esto es aplicable a las demás disciplinas artísticas, hay talentos originales que no evolucionan, la ruptura precoz que asombra y acaba diluyéndose en la apatía. Destrozar las barreras de un planteamiento táctico conservador es algo propio de locos insubordinados, genios que desafían a los fanáticos del miedo a perder. Inventar sobre lo ya inventado refleja que el éxito en la formación del deportista -persona- se trabaja integrando a un hijo de inmigrantes en un centro educativo como La Masía. El vivero del Barça ha alumbrado un nuevo cisne descarado y juguetón al que no parecen asustarle los elogios. Otros se quedaron en el camino, juguetes rotos que apuntaban muy alto y sucumbieron a la presión que ejerce el negocio del fútbol sobre semi niños millonarios. Lamine Yamal no es Messi, tampoco es Maradona, ni falta que le hace. Tiene personalidad de sobra para engancharnos al teatro de un regate imposible, de una asistencia delirante y de goles dulcemente salvajes cuya estética hace creer a los de su barrio que, contra todo pronóstico, pueden llegar a ser alguien.
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