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Opinión | Laguneando

Santa Cruz de Tenerife

Esta vez las campanas fueron de alegría

Ordenación del nuevo obispo de Tenerife Eloy Santiago

Ordenación del nuevo obispo de Tenerife Eloy Santiago / Andrés Gutiérrez

Las mismas campanas que hace unos días sonaron con una cadencia de luto por la muerte del papa Francisco, ayer replicaron de alegría minutos antes de que don Eloy Alberto Santiago Santiago encaminara sus pasos hacia la Catedral para ser ordenado y consagrado obispo de la Diócesis Nivariense. Las mismas calles que Miguel de Unamuno recorrió en su destierro insular –sí, las que el bilbaíno veía como largas e interminables y muy transitadas por curas–, ayer saludaron su llegada. Las aceras que pisaron otros dos obispos canarios, el güimarero Domingo Pérez Cáceres y el palmero Bernardo Álvarez, son las que usted ya ha empezado a pastorear.

Los que hemos tenido la suerte de nacer en Aguere normalizamos el verbo lagunear para explicar con naturalidad los encantos y misterios de una ciudad Patrimonio de la Humanidad y unas sólidas raíces religiosas. Y es que la Ciudad de los Adelantados se conoce laguneando, pisando unos adoquines hoy delimitados por el verdor del musgo bendecido por unas generosas lluvias invernales, respirando la historia enmudecida que sacude de lado a lado su casco, leyendo entre líneas los secretos de un enclave universitario y eclesiástico.

Ésa no es una mala combinación. Al menos es la impresión que nos trasladó el pastor Jorge Bergoglio en los cientos de documentos consumidos en las últimas semanas. «Los jóvenes tienen que armar lío», escuché decirle una y otra vez al argentino en los resúmenes que inundaron nuestras vidas. Don Eloy, camine: pise la calle con el gusto con el que lo hicieron sus antecesores Damián Iguacén y Felipe Hernández y construya un mandato que deje una huella profunda. ¡Bienvenido!

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