Opinión | Reflexiones
Vaticanistas y enteraos

El cardenal Gerhard Ludwig Müller, en el Vaticano / AP / MARKUS SCHREIBER
La hora estelar de los vaticanistas. Pero ojo, exija calidad, puede tratarse simplemente de un enterao, no de un vaticanista pata negra. Hay vaticanistas que nunca han pisado el Vaticano igual que hay entrenadores que nunca han jugado el fútbol. El colmo del vaticanista es ponerse enfermo estos días. Años esperando verter su conocimiento, ganar unas monedas en las tertulias y le llega la gripe o una alergia o una ciática. La muerte del Papa resucita el género del obituario, que es cosa muy leída. Hay grandísimos obituaristas en la prensa española, como Ignacio Camacho, que recopiló los que escribió de gente muy variada en un libro titulado ‘Retratos para la eternidad’ (Reino de Cordelia). A mí me gusta de cuando en cuando regresar a algunos de los que redactó César González Ruano y que hace años compiló y editó en libro la Fundación Mapfre. El que sobre Ruano hizo Jaime Campmany le valió un premio y el que sobre Campmany hizo Raúl del Pozo le granjeó el Mariano de Cavia que otorga ABC anualmente. Las penas con premio lo son menos.
Pero no nos apartemos: ojo que no le den mercancía averiada, gato por vaticanista. Hay vaticanistas que desentrañan los entresijos de un cónclave con metáforas deportivas y otros con símiles políticos. Las metáforas las carga el diablo así que tratándose de asuntos religiosos es mejor cuidarse de ellas. Hay quien llega a ser experto en un Papa y va el Papa y se le muere. Los expertos en Juan Pablo I se mueren de pena, aunque los expertos en Juan Pablo II pueden aún encontrar mercado para colocar un artículo o escribir un librín. Aunque claro, a veces cuanto más remoto es el Papa, mejor: ahí están los Borgia, que siguen interesando. O Bonifacio IV que como nadie sabe qué hizo el buen hombre, puedes escribir sobre él lo que quieras. Si es que Bonifacio IV existió, claro.
Julio I sí existió. Se mantuvo entre el 337 y el 352. Reconoció dos celebraciones distintas para el nacimiento de Cristo: la Epifanía, que se mantuvo en el 6 de enero, y la Natividad, que se trasladó al 25 de diciembre.
Nos queda vaticanismo para rato, se aprende y es interesante y necesario y hasta del trance saldrá un nuevo Papa, que no es poco. Permanezcan antentos. Aunque antes hay que enterrar a Francisco, buen hombre, persona comprometida. Nunca estuvo muy al tanto ni pendiente de esas intrigas vaticanas. O sí.
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