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Opinión | Observatorio

Armas en la paz y armas en la guerra     

Busto de Don quijote (arriba) y el interior del museo (abajo).

Busto de Don quijote (arriba) y el interior del museo (abajo). / Adrián Prado Fernández

«Verba volant; scripta manent», las palabras vuelan, los escritos permanecen. Allí y aquí, ayer y hoy, donde y cuando sea, acudimos a lo que otros o nosotros hemos redactado para seguir viviendo, para enfrentarnos al presente y sus problemas; tal vez para planificar un mejor futuro, ¡cuánto debemos a lo que está escrito! Los insensatos que publican barbaridades quedan presos de ellas y por ellas sucumben pues cual bumeranes incontrolados retornan en su contra. Sin embargo, los buenos libros de los buenos escritores son armas útiles contra la insolvencia, la ignorancia o la desafección de la cosa pública tan habituales en nuestro tiempo.

Sumidos en un presentismo memorialista pocas veces nos fijamos en las virtudes permanentes o en los vicios eternos que se describen en los buenos libros. En ocasiones cuesta tanto eso de discernir qué es realmente lo que pasa que se hace preciso ir a la Historia como a una maestra transmisora de enseñanzas olvidadas sin duda necesarias hoy. Escribía el gran Jorge Luis Borges en uno de sus poemas que «El pasado es arcilla que el presente/ labra a su antojo. Interminablemente». Y cierto es que realizamos lecturas interesadas del pasado desde una perspectiva personal, a veces más pasional que objetiva, sin rigor e interpretando los documentos según una conveniencia ajena a lo que dicen. Convertimos en historia verdadera más lo que hubiéramos querido que fuese que lo que fue. Damos por acabadas cuestiones que reaparecen como los conflictos, los desacuerdos y el peligro.

En uno de los pasajes más difundidos, estudiados y comentados de nuestro referente ineludible en el Día del Libro que es el de las aventuras del «Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha», hay un pasaje «que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras». Allí escribe el gran Cervantes el clamor del buen Alonso Quijano: «dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas».    Pero ¡ay lamento!, la guerra, madre de la Historia, es, por culpa de los humanos seres, inevitable demasiadas veces.

El siglo de Cervantes y nuestro tiempo comparten eso. Así que el Caballero Andante contraargumentó: «A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas». Reniega, eso sí, de «aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención». Sin embargo, ni las privaciones del pobre estudiante ni los peligros del soldado hacen prescindibles ambas y menos, aunque no nos gusten, las armas.

No solo nos increpa en esto Cervantes hace cuatro siglos, sino que 2.500 años atrás otro gran escritor, historiador de su tiempo, Tucídides, narrando los trágicos avatares de la «guerra del Peloponeso» que enfrentaba a las polis griegas, ponía en boca de Pericles el ateniense las razones por las que debían todos los ciudadanos luchar. «Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de los vecinos; más que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos de modelo para algunos... puesto que la administración se ejerce en favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen se lo ha llamado democracia... todos gozan de iguales derechos en la defensa de sus intereses particulares... cualquiera que se distinga en algún aspecto puede acceder a los cargos públicos, pues se lo elige más por sus méritos que por su categoría social...y acatamos las leyes». Y más adelante «amamos el arte y la belleza sin desmedirnos, y cultivamos el saber sin ablandarnos... La riqueza representa para nosotros la oportunidad de realizar algo, y no un motivo para hablar con soberbia; y en cuanto a la pobreza, para nadie constituye una vergüenza el reconocerla, sino el no esforzarse por evitarla». Fue esta una declaración de principios que justificaba la defensa de lo propio para evitar la pérdida de cuanto se amaba. Entonces no fue posible. ¿Y ahora?

Podemos mantener como principio superior que no queremos la guerra, pero ella forja también la materia de la que están hechas las naciones. Hubo quien desde la investigación histórica consideró que la no participación de España en la Primera Guerra Mundial nos privó del sentido de cohesión nacional que sigue siendo una de nuestras más severas carencias manifiesta sobre todo cuando se trata de defender los «valores democráticos» más allá de las consignas. Como si la protección de un modo de vida no reclamara de vez en cuando mancharse, echarse al ruedo y abandonar la comodidad establecida. En una Europa dormida en la complacencia de sus pacíficos y mullidos sillones y convencida de sus laureados éxitos suena la intranquilidad, y despierta tras décadas de buen vivir sin plantearse que tal vez todo ello tenía un coste.     

Pero hay letras, viejas y sabias letras, donde se nos recuerda el deber de estar alerta. Por eso ellas, las letras de los buenos libros son las mejores armas para frustrar el ruido atronador de las otras. Solo sabiendo el porqué de las guerras es posible evitarlas o al menos encararlas con, dentro de la locura que suponen, la mayor cordura posible. Es bien lamentable que la realidad muestre que quienes juegan a la guerra no lean; si lo hicieran, tal vez jugarían menos y harían las cosas mejor.

Dan continuo «toque de ánimas» las campanas por la muerte este Lunes de Pascua del Papa Francisco, calificado como el «vendaval reformador de la Iglesia» durante sus once años de ejercicio, y que, acabada la Semana Santa, en la llamada bendición Urbi et Orbi del domingo pedía dar una nueva oportunidad a la paz. Deseamos éxito al reclamo.   

Es imprescindible por todo, hoy es día de proclamarlo alto y claro, leer buenos libros y leerlos bien. Si el admirado Borges se sentía más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito, Umberto Eco mantenía que «leer alarga la vida. Una pequeña compensación por la falta de inmortalidad».

[Cervantes Saavedra, Miguel de (1547-1616). Don Quijote de la Mancha. Edición al cuidado de Francisco Rico. Madrid: Instituto Cervantes, 1997; Tucídides. Historia de la guerra del Peloponeso. Madrid: Cátedra, 2005].

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