Opinión | El recorte
Abriendo tumbas

Román Rodríguez y miembros de la Ejecutiva de Nueva Canarias, ayer. | / ELVIRA URQUIJO/EFE
Román Rodríguez, moratoria aparte, no fue un mal presidente de Canarias. Pero no supo digerir que en Coalición Canaria le impidieran repetir como candidato. A partir de ese momento, como San Pablo camino de Damasco, descubrió, deslumbrado por un rayo divino, que sus antiguos compañeros de viaje eran en realidad unos insularistas redomados y, encima, tenían una «relación obscena» con los poderes económicos.
Bueno… más vale tarde que nunca. Haberse dado cuenta de eso le llevó a fundar un nuevo partido llamado Nueva Canarias para ocupar el espacio nacionalista en Gran Canaria y luego saltar al resto de las islas. Un insularismo regionalista progresista y finalmente –recientemente– canarista. El salto nunca terminó de darse. Los nacionalistas de CC nunca han podido contar con el mercado electoral de Gran Canaria y los de Nueva Canarias no se comieron un rosco fuera de su isla.
Román Rodríguez establece una insalvable diferencia ideológica entre Nueva Canarias y CC. Ellos son de izquierdas y los de Coalición de derechas. Pero su coherencia se agrieta cuando uno examina con quién ha pactado en diferentes islas, porque lo ha hecho con fuerzas políticas que si les das una manita de pintura verde igual podrían ser Vox. Pero en todo caso, uno tiene derecho a odiar a quien le dé la gana. Y Román Rodríguez jamás ha podido perdonar a sus excompañeros que le cerraran la puerta a un segundo mandato presidencial.
Ahora mismo Nueva Canarias está en shock. Después del demoledor resultado de la lista autonómica que encabezaba Román Rodríguez, que no consiguió escaño –lo que habla de su implantación regional– ahora ocurre que los jóvenes alcaldes abandonan el partido porque no hay renovación y el viejo aparato se resiste a dar el paso. O sea, que en realidad Nueva Canarias se debería llamar Vieja Canarias, porque los viejos se quedan agarrados a la poltrona y los nuevos se van para hacer lo mismo que hizo Román, un partido nuevo. Donde las dan las toman.
Y ahora, ¡tras!, otro flash luminoso. Otra revelación. Al hilo de que se le mandan a mudar del partido muchos jóvenes alcaldes –como él mismo se fue– el líder de Vieja Canarias, o sea, de Nueva Canarias, se ha apresurado a recordarles que anden con ojo con quién pactan, porque el nacionalismo de Coalición es muy malo. En realidad, según ha dicho, es insularismo químicamente puro y, para más joder, de Tenerife. Descendiendo los mohosos escalones de una cripta de casi treinta años, como el maestro Sánchez con Franco, Román ha resucitado los restos momificados de un partido llamado ATI del que ya pocos se acuerdan. Cree que sigue muy vivo y que los chicharreros siguen mangoneando Canarias.
Décadas de puente aéreo y marítimo, la creación de un mercado regional y el mayor conocimiento de los canarios de sí mismos han convertido aquel viejo recurso de «el enemigo de enfrente» en un rosquete demasiado rancio. El recurso al prehistórico pleito capitalino ya está más usado que las maracas de Machín y a los jóvenes alcaldes, que le han dicho ahí te pudras, el asunto seguramente les resbala. Serán Nueva Canarias, pero siguen manejando viejos argumentos. n
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