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Opinión | Análisis

El pulso cultural

El escritor Javier Cercas, fotografiado en Barcelona durante su entrevista con el suplemento 'Abril'.

El escritor Javier Cercas, fotografiado en Barcelona durante su entrevista con el suplemento 'Abril'. / Manu Mitru

Hay razones para el optimismo en el ámbito cultural ante el aumento de las adicciones digitales. Algunos datos lo avalan, como una encuesta española reciente (40dB) donde aparece que el 55% de la gente lee libros habitualmente y un 25%, todos los días, mientras que un 77% ve series o películas en plataformas y llama la atención que en la generación Z (de 18 a 27 años) se lea poesía hasta en un 36% y libros en inglés hasta el 68,9%, por parte de ellas, y en un 45,8%, por ellos, frente a un 15,5% de las personas mayores de 60 años.

La importancia de la cultura escrita es la base del conocimiento y un bien esencial para el desarrollo de las personas y sociedades, según se subraya en un informe de Cedro (diciembre 2024). Un parecido argumento es el del escritor Javier Cercas Mena que, en su ingreso en la RAE, ha defendido algunas verdades compartidas por la mayoría de lectoras y lectores: que la literatura es una forma de conocimiento de uno mismo y de los demás y que «la auténtica literatura está compuesta por palabras en rebeldía; por eso, el poder siempre aspirará a controlarla». También los músicos y los cineastas nos desvelan, a veces, la función extraordinaria que su arte puede llegar a tener, como Víctor Elías o el director de cine Paolo Sorrentino: «Las películas salvan al ser humano de la injusticia de la vida».

Además, la escritura personal podría ayudar contra el estrés cotidiano, como fue el caso histórico de Marco Aurelio que, en los huecos de sus cruentas batallas militares, escribía reflexiones que sirvieron después de modelo para el estoicismo o cómo mantenernos lúcidos y serenos ante circunstancias negativas. Y esa obra romana, con casi dos mil años, se sigue publicando y leyendo: Meditaciones, en la versión de 2023 de David Hernández de la Fuente.

Los respiros culturales con algunas artes también influyen positivamente en grupos sociales más vulnerables. Así, el arte de los más pequeños, como son los dibujos infantiles, pueden servir de recurso terapéutico para mejorar la salud mental, como señalaba un informe reciente del Hospital Materno Infantil de Gran Canaria. También las personas mayores con Alzheimer se benefician del arte, según el documental Yo recuerdo mejor cuando pinto (I Remember Better When I Paint, 2009) donde la mítica actriz que vivió hasta los 104 años, Olivia de Havilland, hace de narradora y presenta algunos casos de personas que mejoraron su motricidad, lenguaje y calidad de vida con la pintura.

Si seguimos la máxima de la historia como maestra de vida (Cicerón), podemos recoger las lecciones de la pandemia por la covid-19, donde distintos estudios internacionales vienen publicando que quienes más participaron en actividades de ocio doméstico y entretenimiento positivo informaron de un mayor bienestar y de menores niveles tanto de estrés como de sentimientos negativos.

Y ante la idea de que una noticia negativa es más atractiva que una positiva (el doomscrolling llevado al extremo), cabe preguntarse si esa «continua distracción negativa ganadora» será parte de la explicación de por qué hasta el 73% de la gente, en la encuesta del inicio, decía que querría dedicar más tiempo a la lectura.

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