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Opinión | Gentes y asuntos

El Nobel de Aleixandre

El Nobel de Aleixandre

El Nobel de Aleixandre / El Día

En este otoño se cumplieron cuarenta y siete años de la concesión del Premio Nobel de Literatura a Vicente Aleixandre, primicia que nos adelantó Justo Jorge Padrón, un poeta canario de cuerpo entero, desposado entonces con una ciudadana sueca y al cabo de las noticias y rumores en torno a los premios literarios y científicos más importantes del mundo. Presumí entonces con los compañeros de EL DÍA de la profecía ajena y de la confirmación de una de las grandes noticias culturales de la transición.

No hubo ejemplo mejor de entrega a la poesía. Andaluz de raíz y nacimiento, pasó la niñez en Sevilla pero, desde los once años, residió en Madrid; acabó el bachillerato con quince y cursó las carreras de derecho e intendencia mercantil. Después descubrió la poesía, «una profunda verdad comunicada», y la disfrutó con las lecturas de Rubén Darío y Antonio Machado; sus primeros ensayos los escribió en un cuaderno compartido con varios amigos, entre ellos Dámaso Alonso; conservado toda su vida, «Álbum de Juventud», es la primera huella de la Generación del 27.

Hasta los veintisiete años trabajó como profesor mercantil y administrativo en Ferrocarriles Andaluces, escribió para revistas económicas y frecuentó la Residencia de Estudiantes de Madrid. Entonces se conocieron sus primeras relaciones femeninas con la norteamericana Margarita Alpers, la alemana Eva Seifert y la actriz María Valls, su gran pasión juvenil. Viajó por Francia, Suiza, Inglaterra y Portugal, debutó en la prensa con el poema «Noche» y, con influjos barrocos, inició «Ámbito», su primer libro.

El diagnóstico de tuberculosis renal cortó de raíz sus proyectos e ilusiones; con reposo obligado convaleció en Aravaca con el único estímulo de la lectura; descubrió a James Joyce y su escandaloso Ulysses, los versos del conde de Lautréamont y Rimbaud y las profundidades de la psique con la obra de Freud. Su lírica transitó por las vías de la irracionalidad y el erotismo de los surrealistas franceses pero con su irrenunciable estilo. De ese tiempo vital salió «Pasión de la Tierra», su poemario más hermético y singular, donde repudió los valores convencionales con energía y ácido humor.

Su existencia y su obra siguieron condicionados por su precaria salud. En 1932 le extirparon un riñón y tuvo una compleja y dura convalecencia en Miraflores de la Sierra, pueblo al que se afilió desde entonces para su descanso e inspiración; allí renovó ilusiones y alumbró «La destrucción o el amor», título cumbre del surrealismo español y, sin duda, la joya contemporánea de la lírica en lengua castellana, distinguida en 1933 con el Premio Nacional de Literatura.

Durante la guerra civil no escondió su compromiso con la causa republicana y participó en mítines para universitarios y obreros junto a Rafael Alberti, colaboró en las revistas y dejó su escalofriante «Oda a los niños de Madrid muertos por la metralla», tras los bombardeos de la aviación rebelde el 7 de noviembre de 1936 contra la población civil. También evocó en prosa ejemplar el asesinato de Federico García Lorca. Vigilada de cerca por los alzados, la familia Aleixandre –su padre, su hermana y él– cambió de domicilio en dos ocasiones y, finalmente y tras una denuncia política, que resolvió su admirador y amigo Pablo Neruda por su condición de diplomático, se exilió en Pau, un pueblo del sur de Francia.

Tras la guerra crecieron los problemas y soledades; murió su padre en medio de un proceso de depuración política; y su amigo Miguel Hernández en la cárcel de Alicante; la casa familiar, Velintonia, fue arrasada por el pillaje y los obuses; sus colegas fueron silenciados, pero su voz y los valores de libertad, decencia y reconciliación permanecieron intactos. «Sombra del Paraíso», en 1944, fue una campanada de esperanza en una España triste y rota. A propuesta de Dámaso Alonso, en 1949 fue elegido miembro de número de la Real Academia; ingresó el 22 de enero de 1950. Se sucedieron entonces los títulos «Mundo a solas», «Sombra del Paraíso», donde enunció su tesis del hombre natural, beneficiario de la libertad y el placer de los sentidos, desplazado por el sujeto de los valores y límites sociales, de la civilización y la represión.

Desde el medio siglo, el conocimiento y la valoración del amable anfitrión de la reconstruida Velintonia se multiplicó en todos los ámbitos y para todas las generaciones; le cumplimentaron todos los nombres de la poesía de posguerra, las revistas especializadas le dedicaron monográficos y fue lector y conferenciante en España y Europa. En ese intenso periodo se editó «Historia del corazón», un libro exclusivamente amoroso que se extendió a la vida colectiva, hacia el «unánime corazón». En esa línea se inscribieron también «Los encuentros», semblanzas trazadas con talento y gracia, con afecto de autor que quiere acercar a los lectores contemporáneos a sus admirados colegas del pasado. Arturo del Hoyo fue el responsable en 1960 de la edición de sus «Poesías completas», con prólogo de Carlos Bousoño; y, a la vez, Losada lanzó en España e Iberoamérica «Poemas amorosos», seleccionados por el propio Aleixandre que obtuvo el Premio de la Crítica en 1962. Al año siguiente publicó «En un vasto dominio», su obra más extensa e íntimamente ligada al pueblo de Miraflores de la Sierra.

Su lista de éxitos creció con «Retratos con nombre» y con sus «Obras completas», en 1968; y en una previsible vuelta a los orígenes, con «Poemas de la consumación», «Diálogos del conocimiento», 1974, y «En gran noche», póstumo, 1991, que transitan desde la apariencia engañosa de las cosas al hombre solo que se alza para rendirle cuentas a la vida. En la década de los 70 se sucedieron los homenajes dentro y fuera de España; visitaron Velintonia personalidades del arte viaje y la cultura y su figura afable se hizo familiar en los mass media.

Cuando el 6 de octubre de 1977 la Academia sueca le otorgó el Premio Nobel, no sólo confirmaba su proyección internacional y facilitaba la difusión de sus libros a otras lenguas, sino que la propia institución ganaba crédito y consideración por la justicia de su fallo. Se premiaba nada menos que a uno de los mayores poetas en lengua española, la segunda más hablada de las dos orillas del Atlántico.

Rodeado de admiración y afecto alcanzó a oír la cantata «Sonido de la guerra» que, sobre su poema homónimo, estrenó el compositor Luis de Pablo en 1981, y a ver publicado, en 1983, su último encuentro, con la figura de su amigo Pablo Neruda como protagonista. Falleció tras una intervención quirúrgica el 13 de diciembre de 1984.

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