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Opinión | Retiro lo escrito

Tantas veces Pedro

El PSOE de Sánchez cierra filas para que nada empañe su Congreso Federal de Sevilla

El PSOE de Sánchez cierra filas para que nada empañe su Congreso Federal de Sevilla

Vamos a ver. La tentación del vale todo está en la matriz del sanchismo. Nunca se insistirá lo suficiente en el extremo de debilidad y atonía del PSOE en el poszapaterismo. Una situación que no pudo remontar ni Alfredo Pérez Rubalcaba, que siempre fue un magnífico segundo, pero que cuando pudo ser el primero ni tenía margen de maniobra ni disponía de instrumental para detectar lo que ocurría. Los dirigentes socialistas veían las encuestas y sentían vértigo. La potente irrupción de Podemos ya encendió todas las alarmas. El miedo de convertirse en la versión nacional del Pasok se extendía cada vez más. Nadie sabía cómo salir del embrollo hasta que apareció ese chico zanquilargo, Pedro Sánchez, burguesito madrileño de vermut dominical que había pertenecido al círculo de Pepe Blanco, secretario de Organización, y que se presentaba voluntario a acudir en nombre del partido a todas las tertulias televisivas de tercer orden. Sánchez reparó en tres cosas sucesivamente, y las tres las mimetizó de la izquierda a la izquierda del PSOE. Primero, que el gran truco para liquidar a la vieja guardia y hacerse con la secretaría general no era una propuesta programática o un padrenuestro ideológico, sino «apelar a la militancia». En las concentraciones, sentadas y demás movidas contestatarias de la primavera del 2011 se popularizó la expresión «empoderamiento». Los ciudadanos deberían empoderarse si querían serlo realmente y construir «una democracia real ya». Sánchez toma nota y tanto en 2016 como en 2017, sobre todo en esta última fecha, insiste en el papel bautismal de las primarias y en la necesidad de consultar siempre a una militancia «empoderada». Luego eso se acabó, por supuesto, y el aparato de dirección socialista, a medida que pasaban los años y los procesos electorales, ha procurado desactivar las primarias hasta donde ha alcanzado su influencia.

Segundo: el aprendizaje de la nueva estrategia de mayorías. Después de ese intento fugaz de articular un programa de gobierno con Ciudadanos y Podemos Sánchez escuchó el análisis de Pablo Iglesias. El PSOE no debía insistir en recuperar la hegemonía político-electoral de los años ochenta y principios de los noventa. Por diversas y complejas razones eso era ya imposible. No, la única forma de mantenerse en el poder era pactando con las fuerzas a su izquierda (mayoritariamente poscomunistas) y con los independentismos y nacionalismos periféricos, sean de derecha, de izquierdas o mediopensionistas, lo que, por supuesto, significa excluir a la derecha de cualquier gran pacto, fiscal, educativo o territorial. Por último había que radicalizar el discurso, intensificar la cooptación de las instituciones del Estado y fomentar la polarización para galvanizar a la base electoral, mucho más reducida que hace cuarenta años, pero mucho más devota. Adoptar retóricas de podemitas y adláteres, recordar incluso a Franco, Franco, Franco, invitar a chupitos de guerracivilismo, deslegitimar sistemáticamente al PP como una fuerza política sedicentemente fascista. Mentir como mienten los buenos: por nuestro bien.

Dicho y hecho. Así se gobierna durante seis años y medio. Poco más o menos los que gobernó Mariano Rajoy. Se empieza con una moción de censura para eliminar la corrupción y (casi) se termina mendigando el voto de un delincuente según sentencia del Tribunal Supremo. Y se obtiene el voto amnistiándolo. Los más lúcidos del PSOE creen saber que sin estas tácticas y estrategias, sin este desprecio militante hacia la verdad y el pluralismo, sin esta perversión democrática de considerar la mitad del país como patanes, fascistas o indeseables, el partido pasaría a la oposición ocho, diez o doce años y en la cuneta terminaría implosionando. No todo en la gestión de Sánchez ha sido malo. En absoluto. Pero su etapa en el Gobierno va a salir carísima a la izquierda española, a la legimitidad de las instituciones públicas y a la cultura democrática, liberal, crítica y plural en su conjunto.

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