Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Cosas de niña (y lo que cabe entre paréntesis)

Una niña.

Una niña.

Siendo muy pequeña inventé helados con lentejas, queso fresco, cereales húmedos, comino, leche entera, mostaza, salsa de nata, cacao en polvo; cualquier cosa que encontrase por la cocina que me sirviera para crear un mejunje indescifrable. Veía los tropezones y colores dulces en las tarrinas de helado y creía ser capaz de imitarlos con recetas caseras. Me recuerdo sacando un bol donde mezclé ingredientes machacados usando unos deditos que apenas habían aprendido a agarrar cosas. Hice un potaje extraño, una pasta que quedó más o menos homogénea, y la metí directa al congelador (a las pocas horas se tiró todo a la basura).

Yo era una chef revolucionaria, artista incomprendida con el lienzo en las sábanas. Usé crema del cuerpo para embadurnarme el pelo y dejarlo actuar con una toalla-turbante cubriéndome la cabeza, como veía en los anuncios de champú. Rasgaba mis zapatos de vestir al poco tiempo de comprarlos escalando árboles y rejas. Jugaba a probar cosas y mezclar mi entorno, (aunque) muchas veces hice lo que (no) debía. Lo hacen niñas y niños pequeños y nos parecen exploradores con una curiosidad innata. Pueden sacarnos de nuestras casillas, pero en cierta medida lo comprendemos: forma parte de su aprendizaje. A medida que crecemos desaparece el margen de error. Entendemos que ya hemos aprendido, experimentar significa salirse de los límites, equivocarse ya no es una opción. Todo eso no deja de ser un mecanismo de control (les dejo a ustedes decidir quién lo impone y para qué).

Siempre me ha gustado mezclar cosas. Lo hago ahora mucho menos, pero me invito a hacerlo cuando escribo. Tomarme las palabras menos en serio y atreverme a jugar es justo lo que debe ser escribir. Pero experimentar ahora que somos grandes da respeto. Intimida incluso variar un fisco la receta de arroz con verduras (no vaya a ser que no quede bueno, que tengas que limpiar un desastre, que desperdicies tiempo y comida en algo que quizá no vaya a satisfacerte tanto como lo que ya te es conocido, lamentes que si hubieras hecho lo de siempre estarías un poco aburrida pero al menos no te habrías salido de la rutina y estarías segura de que todo saldría según el plan –he dejado de hablar de arroz–).

Hay enquistada en nuestro imaginario una falsedad que se extiende por el mundo: jugar es cosa de niños. Experimentar, aprender, bordear los límites, hacer equilibrios sobre ellos, fallar; todo eso está reservado para la infancia. Sin ser madre intuyo que una parte de la gratificación de la maternidad radica en volver a tener una excusa para el juego, estar a cargo de un ser que necesita trastear y que trasteen con él para comenzar sus andanzas por el mundo.

Recuerdo con rabia el momento de mi niñez donde ya nadie quería jugar en el recreo. De un día para otro se convirtió en cosa de niños pequeños, y a esa edad todo el mundo ya quería ser mayor. A veces aún sueño despierta con que se rompe ese estigma y me divierto con personas adultas jugando a la gallinita ciega, al escondite, a juegos de manos, al teléfono. Jugar, pero jugar sin requerir objeto, soporte, excusa. Nada de consolas, de balones, raquetas o tableros en una mesa. No hay personitas pequeñas haciendo de intermediarias, sirviendo de coartada. Jugar en su sentido más puro, donde no haya nada que vehicule el juego.

(Imaginen un espacio público como un parque. Hay adultos correteando y riendo. Olvídense. Olviden lo que es raro y se supone que está mal, lo que no puede hacerse, el sentido del ridículo. Olviden lo que quieran. Los adultos se divierten y ríen. Una mujer de cuarenta años persigue a otra de cincuenta. Un hombre bigotudo se esconde tras un tobogán y disimula su risa para que no lo delate. Han dejado su ropa del trabajo y visten chándal y tenis que les permiten correr y reptar entre arbustos. Se manchan de tierra y secan el sudor de su frente con un brazo).

Casi cualquier momento de la vida es bueno para jugar y experimentar, pero más aún cuando sale de adentro un nervio, una pulsión que te dice que algo se ha envuelto de una rutina que ya no da estabilidad, sino que limita alternativas que aún no han sido exploradas. Decido aplicármelo a mí. Después de más de un año escribiendo cada semana en este periódico, con todo lo bueno que me ha traído hacer estas columnas, es hora de dar un giro y explorar otros entornos. No es un adiós, porque espero volver a estas páginas en las que he disfrutado escribiendo (las cabras tiran pal monte, la vuelta a lo conocido puede ser un regalo), pero tomaré un tiempo, un pequeño paréntesis para tantear mi escritura y meterme de lleno en nuevos proyectos.

No quiero terminar hablando de trabajo, formalidades, «cosas de gente grande». Pienso que se resolverían muchas cosas jugando, y que nunca debería reducirse a algo para niñas y niños. Ojalá el juego fuese universal, dejásemos a un lado los edadismos, siguiéramos aprendiendo sin miedo a rasparnos las rodillas. Espero que volvamos a leernos en estas páginas, pero, sobre todo, ojalá algún día nos veamos en un parque y juguemos al escondite.

Tracking Pixel Contents