Opinión | Gentes y asuntos
Skármeta y Pablo Neruda

Muere el escritor chileno Antonio Skármeta, recordado por 'El cartero de Neruda'
Referente de la literatura latinoamericana actual, la muerte de Antonio Skármeta (1940-2024) completa el cuarteto de ausentes que formó con el actor italiano Massimo Troisi (1953-1994), el poeta Pablo Neruda (Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto 1904 – 1973), encarnado por el francés Philippe Noiret, (1930-2006) en un relato sobre el destierro del Nobel chileno en el Mezzogiorno.
De origen croata, Skármeta se licenció por la Universidad de Santiago; se doctoró con un ensayo sobre Ortega y Gasset y fue becario de Fulbright en Columbia, donde leyó una segunda tesis sobre Julio Cortazar, renovador de la narrativa hispanoamericana; fue capaz de meter la vida y la filosofía en la brevedad de un cuento, y un novelista de relieve internacional desde la aparición de «Ardiente Paciencia», traducida a la mayoría de las lenguas europeas y base de dos espléndidas películas; la primera, con el mismo título, estuvo a su cuidado, la segunda –«Il postino»– bebió en las fuentes mejores y tiernas del neorrealismo con una sobria dirección del británico Michael Radford y la interpretación de dos genios: Philip Noiret, con una carrera de seis décadas como protagonista y actor de reparto: y Massimo Troisi, un talento excepcional y versátil, convincente ante y detrás de las cámaras; guionista y cómico en el espíritu de la Commedia dell´Arte.
En la historia, se llama Mario Ruoppolo y no quiere, bajo ninguna circunstancia, ser pescador «como su padre y su abuelo y el padre de su abuelo» y, para evitarlo, se contrató a bajo precio para una labor ocasional con un solo cliente. Lineal, limpia y con total economía de medios, ambientación cuidada y una expresiva galería de secundarios –Mario y Vittorio Cecchi Gori; Gaetano Daniele, Anna Pavignano, Furio y Giacomo Scarpelli y el propio Michael Radford, que hizo su cameo– narra la relación, creciente y afectuosa, de Neruda con el cartero puntual que, desde Procida, la menor de las islas del golfo napolitano, le lleva el correo a la que comparte con su amada Matilde Urrutia.
Ruoppolo es un pobre sin oficio que sueña con militar en la lírica apasionada del desterrado que, a su vez, ve en él la pureza de sentimientos y la capacidad de aventura de los humildes. Cada recado en bicicleta, cada duda ante la metáfora y el verso libre adorna la amistad y, en la confianza, el joven toma prestados –«roba», según el fingimiento exagerado del genio– versos y metáforas para enamorar a la coqueta Beatrice Russo, María Grazia Cucinotta consagrada como estrella desde entonces. Cuando Neruda reprocha a Ruoppolo los versos robados, éste le replica con la frase capital: «la poesía es de quien la necesita», que enmudece y emociona al genio, tanto que finge una aparatosa fidelidad católica y negocia con el párroco y la familia de la novia la ceremonia de la boda en la que actúa, además, como padrino.
La llegada de un magnetofón a la isla y a la villa, con mensajes de los amigos y camaradas chilenos, abre la segunda ventana a Mario –la primera fue la poesía– cuando, al fin libre del destierro, la pareja abandona la villa y la isla y regala el aparato al cartero. Desde entonces, con un amigo, cubre un memorial con los sonidos del mar y el relato de las rutinas cotidianas, los ensayos líricos e, incluso, su nueva radicalidad política en correspondencia con su admirado mentor. El último registro es una manifestación en Roma donde la policía carga cuando el poeta Mario Ruoppolo va a intervenir y muere en el tumulto.
Neruda y Matilde regresan años después a Procida. En la taberna que regenta Beatrice corretea un niño llamado Pablito y hay una vida triste para ser contada; en el magnetofón un memorial de ausencias en la voz de un hombre que entendió la poesía antes de saberla explicar con palabras. Massimo Troisi tampoco vio ni vivió el final de la historia; murió de un ataque cardíaco la última noche del rodaje. Tenía cuarenta y un años recién cumplidos. Nos quedan los recuerdos y el poder instigador de la prosa de Skármeta.
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