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Opinión | Vuelva usted mañana

Venezuela. Una dictadura sin complejos

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, durante su programa de televisión este lunes.

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, durante su programa de televisión este lunes. / PRENSA MIRAFLORES / EFE

El fraude electoral cometido en Venezuela no es una mera hipótesis, sino una evidencia demostrada. Un atentado brutal contra la democracia en su forma más elemental, cual es el respeto a las decisiones de la ciudadanía.

Siete millones de venezolanos se han tenido que exiliar de su país. A cinco millones de estos se les ha negado el derecho al voto. A su vez, políticos de la oposición se hallan inhabilitados, acusados de traición por no someterse a un régimen autocrático. Hay casi trescientos presos políticos en pleno siglo veintiuno. Desde el día de las elecciones han sido detenidas alrededor de dos mil personas. El terror es una realidad y a pesar de ello, con valentía y arrojo, la gente se ha echado a la calle exponiéndose a consecuencias que todos imaginamos.

El silencio de Zapatero, defensor y embajador del régimen de Maduro, que sigue siendo y ejerciendo de expresidente de este país, que es consejero de Estado, que participa en nuestra política en representación del partido gobernante, es difícilmente compatible con la definición de democracia de nuestra Constitución y siembra dudas serias sobre su proyecto de futuro en lo que nos afecta directamente. A ello se une la ambigüedad que define a nuestro gobierno en este grave asunto, que afecta a nuestra imagen y a la percepción que de nosotros se tiene en el mundo. En definitiva, podría decirse, es este PSOE que se mueve sin rumbo y sin inspiración ideológica determinada, el que pone en riesgo no ya solo la posición de España en el concierto internacional, sino la misma definición de un sistema constitucional que hace aguas por carecer de bases sólidas y alimentarse de elementos ajenos a los que sustentan nuestro modelo. Cada vez son menos las dudas al respecto y más los convencidos del peligro. Crecen rápidamente aunque crean quienes ostentan el poder que sufrimos de una amnesia colectiva.

No es extraño que los partidos a su izquierda, con esa fragilidad propia de quienes llevan en su entraña tendencias autoritarias, apoyen con fervor una dictadura. Nunca mintieron. La dictadura del proletariado o el centralismo democrático eran meros eufemismos de la esencia dictatorial que alimentaba y alimenta el ser de los sistemas en los que se han impuesto sus principios, en sus formas originales o modernas, que coinciden en la negación de la persona, la excusa del ser social que la anula como tal, la socialización de la miseria y la vulneración sistemática de los derechos humanos. El socialismo, por definición y esencia, nunca profesó en estas filas y cuando lo hizo fracasó con efectos conocidos. Largo Caballero es el ejemplo que no debe seguirse aunque sus admiradores hayan leído poco o nada de sus actos y pretensiones y lo homenajeen.

La corrupción venezolana es tal que se han creado ONGs internacionales con el objetivo único de perseguir los bienes expoliados, los miles de millones que han robado los jerarcas de un país corrompido hasta sus entrañas que engrosan patrimonios de sujetos de nula ética. Las maletas de Delcy y que acogió Ábalos no deberían ser rebajadas a simple anécdota o silenciadas cuando España es un lugar en el que, con toda normalidad, se ha hecho fuerte el capital ilícito proveniente de Venezuela. La fiscalía debe favorecer estas investigaciones y mostrarse más activa. Y la prensa tomar nota y hacerlas públicas.

La pobreza, paradójicamente, que quería erradicarse, ha aumentado. La tasa de pobreza es del 82%, la de pobreza extrema, del 53%. Y PSOE y sus aliados ven un avance en un régimen que expolia, que genera mayor pobreza aún que el capitalismo excesivo e insolidario de aquellas latitudes, que encarcela, mata y expulsa a quien se opone a la represión. Luchar contra el capitalismo no justifica engendrar un modelo que causa mayores males y que, a la vez, anula los derechos humanos. Hay alternativas, pero no las que se han instalado en Venezuela, Nicaragua, Ecuador o Bolivia. No basta con ser anticapitalista y exhibirse con esta cualidad si lo que se patrocina es peor. Tendrán que pensarlo bien y ofrecer algo nuevo, positivo y mejor.

El fraude, unido a la vergüenza de una dictadura que es elogiada o tolerada, no puede tener otra respuesta que el pleno rechazo, que la intervención internacional en modo que impida a los autores beneficio alguno. Negociar con corruptos y autócratas es inaceptable. Pedir la exhibición de actas que ya se conocen, hipocresía. Repetir elecciones con un resultado igual, mero teatro. Tolerar que nuestro gobierno se mueva de forma tan simbólica, arrastrándonos a todos hacia la indignidad con un pueblo hermano, inadmisible.

No vale argumentar en este asunto las formas diplomáticas por un gobierno que carece de ellas cuando conviene a sus intereses electorales. Poca sensibilidad tuvo con el pueblo saharaui, al que abandonó a su suerte. Menos con Israel. El silencio en un gobierno que nunca calla es complicidad o, tal vez, miedo de algunos a que el monstruo hable. De eso debe haber mucho. Con certeza.

Los españoles tenemos la obligación moral de responder en este caso exigiendo la alineación plena con la democracia, contra la dictadura, la represión y la corrupción. Callamos cuando se vendió al pueblo saharui o se limitaron los puros militantes de esta izquierda a elaborar discursos vacíos de todo cuando podían forzar al PSOE a rectificar. Los independentistas, tan sensibles, no lo fueron tanto. Nada se hizo.

Hoy podemos hacer algo y debemos hacerlo, aunque sea solo para evitar que poco a poco imiten aquí lo de allí. Y los ejemplos y la deriva son perceptibles. Demasiadas coincidencias. Basta comparar y recordar a Niemöller (no Beltrot Brecht). Todo se hace paso a paso y al final es difícil salvarse cuando se ha podido evitar y somos nosotros las víctimas.

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