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Opinión | Risas y fiestas

Pink Pony Club

Pink Pony Club

Pink Pony Club / El Día

Chappell Roan, la cantante pop con la que tantísima gente está obsesionada ahora mismo, le canta en una de las canciones de su álbum The Rise and Fall of a Midwest Princess al Pink Pony Club. El Pink Pony Club es un lugar, para mí imaginario, simbólico, en el que se puede bailar y ser libre, hallar una comunidad de personas que te entiendan, meterse debajo de unas luces de colores que lo protegen todo y sentir por fin eso que nos pasamos la vida buscando y mucha gente no llega ni siquiera a encontrar, por desgracia: pertenencia.

Chappell Roan nació en 1998 en Misuri. Ha declarado en varias ocasiones que no pudo sentirse libre como mujer queer hasta que perseguir su sueño la llevó a mudarse a Los Ángeles en 2018. Precisamente de eso habla en Pink Pony Club: alguien que sabe que no quieren que se marche de Tennessee pero a la vez empieza a tener wicked dreams, sueños ruinitos, que le piden vete, vete, vete. No se marcha entre lloros de «aquí no encajo», sino entre celebraciones de «aquí sí encajo, este es mi sitio, me impresionan estos focos y puedo crecer aquí lo que allí seguramente no habría podido crecer». Aparece una madre que arma una escena mientras la hija baila en el escenario. Y, en un momento precioso, Chappell vuelve a cantarle a Tennessee y les asegura que no les ha olvidado, que siempre están con ella y que les sigue queriendo aunque no esté ya allí.

Claro que entiendo el fenómeno de Chappell Roan, que haya pasado de cantar delante de unas cien personas a hacer historia en el festival Lollapalooza en Chicago congregando a la mayor multitud que se haya visto jamás en todas sus ediciones: 110.000 personas. Claro que entiendo esto de pegarme el día entero cantando Pink Pony Club y llorando con mis amigas mientras la coreamos porque nos habla de algo nuestro que en el pop más mainstream no había sido dicho. Claro que entiendo la importancia de que la disidencia se cuele en el mainstream y además lo haga a través de alguien que tiene un mensaje tan claro, responsable y actual como Chappell Roan. Qué importante (aunque no sea siempre necesario que suceda) es cuando la representación nos hace temblar de emoción.

Es curioso, porque cantarle al Pink Pony Club es ya un Pink Pony Club. Seguramente las personas que gritamos tanto con esta canción hemos crecido en entornos desfavorables para lo queer y teniendo que buscarnos, crearnos, otros entornos en lo que crecer a través de esas maquinitas que se encendían y pitaban y zumbaban sobre nuestros escritorios. A través de la música que poníamos en YouTube y nos hablaba de pronto de nuestros interiores, unos interiores que difícilmente podíamos mirar cuando quizá no se nos daban las luces adecuadas. Chappell Roan podría hablar de la violencia que implica ser queer en un pueblo, pero decide hacerlo sobre la magia de llegar a una habitación llena de personas que son como tú, que te entienden, y poder decir: ah. Decide hablar sobre lo que sucede al llegar, cuando resulta que podemos llegar, no de lo que nos empuja a marcharnos. Paradójicamente, esto no deja fuera a quienes no han podido marcharse, sino que, creo, les traslada como una corriente de aire muy fuerte ese pequeño espacio virtual, sonoro, en el que reconocerse. Porque de lo que decide hablar Chappell Roan, en lo que decide centrarse conociendo y entendiendo todas las aristas del problema, es de la posibilidad de crecer como queremos crecer cuando tenemos las herramientas para mirarnos de verdad.

Se suele hablar de una especie de segunda adolescencia queer. Se da justo cuando sucede esto: encontramos quizá amistades, amores, que nos permiten realizar ese proceso de descubrimiento que nos ha sido negado en el pasado con la trampa de la sutileza. Trampa: no nos damos cuenta. Sutileza: no se nos prohíbe descubrirnos sino que no se nos dan los ingredientes necesarios para ello. Empiezas de pronto a ponerte esa ropa que te hace sentir tú misma, la que contrasta con aquello con lo que te vestían que fos. Empiezas de pronto a reconocer tu voz, una voz que dice cosas que son verdad, no solo un piloto automático que se te parece. Empiezas a construir vínculos reales, a toparte con personas con las que desarrollas relaciones de risa tonta y creer en la vida de pronto porque hay lagos que refrescan la boca.

Yo creo en todo lo que implique echarnos encima esa tierrita que nos permita desarrollarnos libres y escogiendo cómo bailar. Creo en que todo Pink Pony Club, por pequeño que sea, merece ser celebrado. Y creo en los Pink Pony Club que se esconden por ahí para nosotras y a los que llegaremos.

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