Opinión | Risas y fiestas

Familias extrañas

Familias extrañas

Familias extrañas / El Día

¿Se han fijado en que todo el mundo está leyendo la saga ‘Blackwater’, publicada por Blackie Books a partir de febrero de este año (los seis volúmenes se fueron lanzando semanalmente), como si se bebiera un refresco o algo así frito? Está siendo un furor, una especie de fiesta colectiva, y me parece muy bonito llegar arrastrada por la corriente, por las luces de colores, a una lectura a la que quizá no te habrías acercado de otro modo. Quizá a muchas no nos habría llamado lo sobrenatural de los libros de Michael McDowell. Sin embargo, ‘Blackwater’ es como un bombón de esos que parecen ser el chocolate de fuera y ya y luego resulta que dentro tienen avellanas, una barbaridad de caramelo: lo interesante de esta novela por entregas publicada originalmente en 1983 es su retrato de una familia. De una familia extraña y, a la vez, solo una familia.

La historia arranca cuando Perdido, un pueblo de Alabama, queda totalmente inundado tras una riada. En la inundación encuentran a Elinor, una mujer joven que decide quedarse en el pueblo. Nadie sabe de dónde viene, pero asegura que es profesora y consigue un trabajo en el colegio. Poco después se casa con Oscar Caskey, miembro de una de las familias más importantes del pueblo. Mary-Love, la madre de Oscar, está acostumbrada a tener el control absoluto de su gente y entra en pánico cuando Elinor, tan resuelta, se une a ese arbolito que representa algo sobre el papel pero ¿qué representa en realidad? Un misterio envuelve a Elinor, hay momentos en la saga que son de absoluto misterio y absoluto terror, la conclusión de todo ese secreto acaba siendo muy hermosa, pero es un poco como si pudiéramos descomponer la historia en dos partes, supongo que como toda historia: lo que nos pasa y lo que pasa a nuestro alrededor, cómo ese alrededor impacta en nosotras y cómo el tejido de relaciones y violencias familiares del que formamos parte acaba enredándose con nuestras personalidades, con nuestras vidas supuestamente impermeables a ello.

Es difícil escribir sobre las familias. Muy difícil, y ahí está su importancia. ‘Blackwater’ narra unos cincuenta años de las vidas de las personas que integran la familia Caskey. Van apareciendo personajes nuevos y estos personajes crecen. A otros personajes los vemos envejecer. Michael McDowell nos cuenta algunas cosas y otras no, por lo que todo acaba envuelto en una especie de susurro que se parece mucho a cuando tenemos que ir acumulando las piecitas que vamos encontrando de las subjetividades de nuestras familiares, sus historias concretas que nunca llegan a revelarnos del todo porque mostrarse a la familia casi siempre importa pero a la vez no importa, casi siempre es un silencio. ¿Y por qué?

Leer ‘Blackwater’ me hace pensar en mi propia familia, en si nos conocemos unas a otras de verdad, en por qué tanto susurro tras una puerta y por qué con algunas personas sí buches de café golosos y critiqueo vulnerable y con otras quererlas pero no saberlas. Una amiga me dijo una vez que las familias disfuncionales felices (no hablo de las familias violentas, a las que llamaría así, familias violentas, y no simplemente disfuncionales) hallan una felicidad rara y difícil, celebrar la Nochebuena en bragas comiendo pizza y resulta que, dentro de todo eso, cada cual siendo un poco más como es de verdad: no hace falta fingir, performar nada que no nos apetezca. Reformulando un poco la frase famosa de Anna Karénina: las familias funcionales necesitan parecerse, pero las disfuncionales no tienen que fingir que lo hacen.

No sé si esto es cierto. Pero sí sé que conocí profundamente a mi abuela en los momentos en los que le dio por saltarse el rol de abuela. Profundamente a mi madre cuando se ha agrietado la madre. Profundamente a mi padre cuando no me he comportado yo como una hija. Cuando estableces una relación significativa con alguien de tu familia, hay un proceso nuevo de conocerse más allá de lo que se supone que somos, de lo que en teoría le debemos a la otra, que ya nos pinta al completo, parece: la expectativa de la posición familiar nos encierra y no es justa para muchas personas (sobre todo para las mujeres, no lo olvidemos). La familia Caskey es tan interesante justo por eso, porque sus personajes no tienen relaciones familiares normales, sino las suyas propias, extrañas.

Parece que estoy pidiendo disfuncionalidad, ¿verdad? Fallar en algo y acoger las consecuencias. Bueno. Primero, siempre fallaremos, y quizá abandonar la expectativa nos haga encajarlo y resolverlo mejor. Segundo, que el fallo nos conduzca a poder mirarnos con humanidad es simplemente algo que nos enseña que podemos mirarnos con humanidad. Por eso es tan complicado y tan importante, como decía antes, hablar sobre las familias: quizá una conversación que rompa con la solidez de la idea de familia sea más justa.

Suscríbete para seguir leyendo