Opinión | A BABOR

Mi amigo Bóxer

Al final Pedro Sánchez tiene que elegir entre los flequillos de Illa y Puigdemont, y si elige a Puigdemont, ésta vez el PSOE sí se le rompe

Illa y Sánchez, el pasado 16 de marzo en el Congreso del PSC celebrado en Barcelona.

Illa y Sánchez, el pasado 16 de marzo en el Congreso del PSC celebrado en Barcelona. / Manu Mitru

Un buen amigo, militante socialista de toda la vida, está convencido de que al final Sánchez hará la gran jugada, engañará a Puigdemont y aunque Puigdemont corte con él, aguantará los tres años que quedan de legislatura. Mi amigo no es sanchista, pero está convencido de que Sánchez es el más listo de todos ellos, y probablemente tenga razón. Hay pocos ejemplos mejores de supervivencia a toda costa, basada en lograr engañar a todo quisque. Sánchez es un verdadero tahúr del Missisipi: a su vera Adolfo Suárez no habría sido más que un mediocre jugador de brisca. El problema es que incluso siendo el más listo de todos, engañar a todos al mismo tiempo resulta arduo. Ahora ha cabreado a Puigdemont, por pretender que el partido que ganó las elecciones en Cataluña –el suyo- gobierne el Principado. Puchi considera que es un escándalo que Sánchez le ofrezca a ERC meter la mano en la caja, a cambio de unos votos republicanos que tendrían que ser para que él mismo se convierta nuevamente en honorable president de Cataluña. Amenaza Puchi con romperle a Sánchez la baraja en la cara, y a fe mía que si yo fuera Sánchez, le creería perfectamente capaz.

La disyuntiva a la que se enfrenta ahora el presidente da vértigo: y no porque su partido se le esté sublevando un poquito por lo del concierto fiscal de la butifarra, sino porque al final tiene que elegir entre los flequillos de Illa y Puigdemont, y si elige a Puigdemont, ésta vez el PSOE sí se le rompe, y si elige a Illa no vuelve a sacar una votación en el Congreso sin apoyo del PP, y hasta es posible que los siete de Puchi apoyen una censura contra él, después de haberla apoyado con él al frente. Tiene que elegir Sánchez entre Guatemala y guatepeor, y además se le gasta el relato. Quizá por eso, anda su muy fiel tiralevitas, el ministro Torres, señalando ya que el PSOE dejó claro que no cuenta con los votos de sus tradicionales socios para garantizar la modificación de la Ley de Extranjería, y que si no la apoya el PP no va a salir. Tiene su aquél reconocer con la boca grande que uno no cuenta ya en el Congreso con los respaldos suficientes para hacer lo que tiene que hacer –ya sea aprobar unos presupuestos o sacar adelante cualquier ley-, y entonces pedirle a la ultraderecha pepera que resuelva el penoso trámite, atendiendo a que el PP es un partido de Estado, y no va a permitir –por ejemplo- que Canarias tenga que soportar casi 20.000 niños sin atención ni refugio posible.

Mi buen amigo, el socialista viejo del que les hablaba al principio, confía aún en que Sánchez posea las habilidades de saltimbanqui, ilusionista y escapista que hicieron famoso a Erik Weisz -más conocido como Harry Houdini- y logre sobrevivir, gracias a su aptitud para el disimulo y el relato, a esta racha tan chunga que vivimos. Pero mi amigo es de izquierdas, un viejo comunista reconvertido a la socialdemocracia, y lo que más le preocupa es que cuando todo esto pase, Sánchez haya dejado de parecer de izquierdas. Cree que eso podría acabar durante una década (o más) con el PSOE, y eso a él le preocupa más que el hecho de que tenga que abandonar el Falcon y Moncloa.

En los últimos años, mi amigo ha soportado sin quejarse que Sánchez liquide la democracia orgánica interna, que arrincone cualquier disidencia y que hasta convertirlo el PSOE en un partido cesarista sin más ideología que ganar. Ha tolerado que la receta para ganar sea la polarización, la división del país entre una mayoría progresistas y una mayoría facha, en la que la mitad de los españoles incluyendo en esa mitad a fiscales, jueces, periodistas y políticos de la oposición, se conviertan a los ojos de la otra mitad en quienes envenenan y hacen imposible la convivencia. Mi amigo, un tipo formado en la política durante la Transición, ha acabado por aceptar que la Transición se haya convertido en un lastre para el progresismo; la memoria personal de lo que ocurrió en España en un conjunto preciso de instrucciones; el rechazo a ETA y a lo que ETA supuso y legó a la política vasca, en el pacto con sus albaceas; Felipe González y Alfonso Guerra en una pareja de vividores entregados a la ultraderecha de Génova, el Gobierno del estado en una cuadra de holligans y aplaudidores; y cualquiera que desde la cultura, el cine, los deportes, las universidades o el bar de la esquina no respalde los cambios y ocurrencias de una política basada en hacer y decir hoy lo que ayer se consideraba anatema, sea un agente reaccionario, un enemigo del progreso, un miserable fascista.

Mi amigo lo ha aceptado ya casi todo, porque es un disciplinado hombre de izquierdas, el leal caballo laborioso de la granja animal de Orwell, pero ayer hablamos precisamente de cuanto tienen de verdad de izquierda las políticas que se recordarán dentro de diez años de esta turbia presidencia de Sánchez: manipular los hechos, engañar a los electores, enfrentar a los ciudadanos. Y no supo qué contestarme.

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