Opinión

Morir es un daño colateral

Hay gente preocupada, enfadada y dolida que se organiza y lucha para que nada de esto siga ocurriendo. Muchísima gente. Pero también, aunque sea frustrante admitirlo, vivimos en un mundo donde estas muertes no importan

Salvamento Marítimo rescata dos pateras en aguas de Lanzarote en las que viajaban algo más de cien personas migrantes que han sido trasladadas al puerto de Arrecife

Salvamento Marítimo rescata dos pateras en aguas de Lanzarote en las que viajaban algo más de cien personas migrantes que han sido trasladadas al puerto de Arrecife / SALVAMENTO MARÍTIMO

Una red internacional agarra a una persona, a dos, a tres. El acto es repetitivo. Sumerge sus cuerpos en mar abierto hasta que se ahogan. Y contando: cuatro, siete, veinte, treinta y tres. Cada día repiten la acción treinta y tres veces. Como una maquinaria sistematizada, una industria que se alimenta de sangre, a semejanza de una fábrica de nuggets descabezando y triturando pollos.

Cultura de la muerte. Nos guste o no admitirlo, vivimos en ella, nos bañamos en ella, respiramos de ella. Una cultura donde la muerte está normalizada como un daño colateral, parte irremediable del proceso para aceitar los engranajes del sistema.

Treinta y tres personas han muerto al día, en los primeros cinco meses de este año, migrando en la frontera occidental Euroafricana. En solo cinco meses, 5054 personas han muerto tratando de llegar a España, 4808 a través de la Ruta Canaria. Eso hace una media de treinta y tres muertes diarias; una cada 45 minutos. No preguntaré cuál sería el escándalo si fuesen ciudadanos europeos. Ya sabemos la respuesta.

Estos son los últimos datos del colectivo Caminando Fronteras, que han aumentado respecto a años anteriores. La cifra más alta de las dos últimas décadas refleja con una fidelidad violenta, ahora más que nunca, la cultura de la muerte que nos rodea y se adentra en cada rincón de nuestra sociedad. Las necropolíticas que deciden qué vidas valen más que otras.

Imagino esa red internacional que he descrito al principio como una mafia organizada, palpable, encarnada en personas concretas e identificables que esconden sus rostros en pasamontañas. Sus nombres –imagino, invento– están en una lista de buscados. Si eso fuera verdad, si esa red internacional cometiera asesinatos al margen del sistema, con capuchas y usando sus propias manos, los gobiernos y las sociedades del mundo arderían estremecidas, indignadas, dolidas. Se buscaría a los responsables y se condenarían sus acciones con uñas y dientes. Pero cuando las muertes son parte intrínseca del sistema, consecuencia de mantener el statu quo, se deshacen como papel arrojado al mar.

Se ha hablado estos días del auge de la extrema derecha en Europa. Con miedo, con indignación, con rabia, incluso con sorpresa. Pero el odio y las políticas de la muerte ya estaban aquí. Llevan estando aquí, allá, en todas partes, durante mucho tiempo. Las sociedades modernas que conocemos y las comodidades de las que gozamos tienen, en su misma composición, odio, saqueo y muerte.

El «progreso» y el «desarrollo» llevan siglos tomando piedras que no les pertenecen. Colocadas una encima de la otra, levantaron una montaña tan alejada del suelo que la tierra dejó de verse. Al pie del montículo, hoyos vaciados.

Para mantener las comodidades de arriba, hace falta que muera la gente de abajo.

Este sistema puede continuar sin reparos, sabiendo que cada día hay una muerte tras otra, porque también sabe que el privilegio depende de dejar a la gente fuera. Abrir el portón a las mercancías y cerrarlo cuando llegan personas, aunque eso implique trancar cuerpos entre las compuertas.

Vandana Shiva –física, filósofa y escritora– relaciona con mucho acierto la cultura de la muerte y el capitalismo. Cuando la prioridad es el dinero, el beneficio y lo material, las vidas pasan a ser un recurso más para conseguir un fin; por tanto, perder algunas vidas es perfectamente asumible, sobre todo si son pobres. El fin para el que han muerto 5054 personas –y todas las que no sabemos– es acumular la riqueza detrás de las murallas. Separar una humanidad de la otra.

Hay gente preocupada, enfadada y dolida que se organiza y lucha para que nada de esto siga ocurriendo. Muchísima gente. Pero también, aunque sea frustrante admitirlo, vivimos en un mundo donde estas muertes no importan. Después de todas las vidas que se han perdido, sangran los números que tratan de intuir cuántas más vidas se perderán para que esta violencia deje de parecer razonable. Sigue siendo prioritario, porque siempre lo ha sido, levantar vallas sin entender por qué la gente se lanza al mar.

Exigir el duelo es una necesidad cuando la muerte es la norma. Exigir la rabia y la indignación, reclamar reparación y justicia, evitar que las masacres en directo pasen de largo, reivindicar su memoria. Este debería ser un duelo y una rabia colectivas porque, ante todo, se trata de un sistema que atenta contra las personas, contra la humanidad, contra la vida. Eso debería bastar a cualquiera.

El pésame a todas las familias, a todas las amigas, a todos los amigos.