Opinión | La espiral de la libreta

Olga Merino

¿Adónde vamos con tanta prisa?

Bajo al súper a por las cuatro menudencias que siempre faltan, incluido un rollo de bolsas de basura. Escojo unas de color azul mahón proletario, las que me parecen más fuertes y opacas, pero de vuelta a casa descubro que su verdadero acicate comercial no reside tanto en la resistencia como en la velocidad. Speed roll se llaman: las bolsas van enrolladas una a una, en lugar de cosidas por una línea microperforada en una larga ristra. Ah, vale, de acuerdo. Más tarde, el mismo día, a la hora del telediario, la tele habla de una feria de hostelería y restauración en el Ifema de Madrid, donde se ha presentado el primer robot del mundo que prepara un cubata en 30 segundos –así se destroza la liturgia del hielo, el escanciado y el tintineo cristalino (esta coletilla es cosa mía)–, un dispensador capaz de servir hasta 400 copas sin la intervención de un humano. El artefacto se fabrica su propio hielo, aclaran, y evitará colas frente a la barra en discotecas y festivales de música. Ah, vale, de acuerdo.

Nunca me he parado a calcular cuánto ocupa la operación de cambiar el cubo de basura ni cuántos segundos se come el tirón de la línea de puntos, pero conocer la existencia de semejantes inventos, las bolsas y los cubalibres exprés, me genera una microangustia que se subsume enseguida en la otra, en el río caudaloso de la urgencia general que nos arrastra. Prisa dentro de la misma prisa. ¿Adónde vamos con tantísima premura? El fenómeno de la aceleración psicológica no es nuevo, desde luego, pero se ha disparado en la última década, alentado por la hiperventilación del consumo y «el ansia que genera el ciberespacio, ante la creencia de que hay algo mejor en alguna otra parte», ha escrito el periodista Winston Manrique Sabogal. WhatsApp, el gran intruso, comenzó a popularizarse a partir de 2012.

La vorágine cotidiana nos engulle de tal forma que a veces se olvida uno de lo esencial, secuestrado por la inercia, por el mero movimiento, y el tiempo para detenerse a pensar –¿qué pretendía yo?– se va achicando. «Hay algo que me preocupa: los jóvenes ya no tienen tiempo de tener tiempo –dijo el humanista George Steiner–. Nunca la aceleración casi mecánica de las rutinas vitales ha sido tan fuerte como hoy. Y hay que tener tiempo para buscar tiempo. Y otra cosa: no hay que tener miedo al silencio». Esa es otra.

El torbellino de la celeridad, la tiranía de la inmediatez, convive también con una búsqueda alocada de la felicidad individual a toda costa, como si fuera obligatoria en el turbocapitalismo. Compra, sonríe, hazte un selfi, súbelo a las redes, sé más productivo, búscate un coach, apúntate a un curso de mindfulness. Pero ¿cómo no vas a ser feliz? La happycracia de que hablan el psicólogo Edgar Cabanas y la socióloga Eva Illouz. Una extraña combinación, la prisa y la felicidad, pues todo lo que a mi entender genera bienestar es de cocción lenta: leer, preparar una comida, un paseo, quedar con los amigos, contemplar las musarañas. En el fondo, vamos atolondrados como gallinas descabezadas, sin querer saber mucho, porque el mundo se nos ha venido abajo.