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Opinión | EN EL CAMINO DE LA HISTORIA

Juan Jesús Ayala

¿La libertad en venta?

¿La libertad en venta?

¿La libertad en venta?

La libertad siempre ha estado cuestionada cuando ciertas determinaciones políticas enfatizan que para apuntalarla, en un momento determinado, habrá que atenuarla para lograr una convivencia individual o colectiva aunque cueste la pérdida de los valores que definen la democracia, haciendo que la seguridad se priorice como categoría necesaria superior, sobre todo en temas de gran envergadura donde prevalece en el circunloquio del lenguaje la paz y la convivencia.

A lo largo de la historia no hay nada nuevo sobre este asunto, siempre ha sido así y la pregunta que salta a la conciencia es ¿por qué hay tantas personas en el mundo dispuestas a ceder sus libertades a cambio de seguridad y prosperidad? Desde el liberalismo más acendrado de Stuart Mill, Benthan, la filosofía analítica de Bertrand Russell, hasta Milton Friedman, mentores de las libertades, sin olvidar a la nueva izquierda de Ernesto Laclau, los que hoy disponen qué hacer con la razón política, generalmente consciente e inconscientemente, se ven forzados a hacerlo, cambian libertad por seguridad, lo que nos hace recordar la frase de Benjamin Franklin en 1755: «Quienes están dispuestos a ceder sus libertades básicas a cambio de un poco de seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad». De ahí que comprender los límites de la libertad es lo que posibilita su realidad, de no hacerlo es como si esta estuviera en venta, sin saber el precio que hay que pagar para obtenerla.

Lo que nos lleva a la evidencia, no muy agradable, de que con el voto en manos equivocadas, salen elegidas las personas equivocadas que luego manipulan al electorado y contradicen las propuestas que se han proclamado en campañas electorales, porque en definitiva es más rentable ignorar dónde están los límites de la libertad para obtener los beneficios del poder establecido o cuando este poder se pretende alcanzar.

Lo más gratificante que tiene el poder desde su atalaya es mantener esas cuestiones dentro del espacio de la ambigüedad darle calor estableciendo la debida propaganda que si bien en un conflicto político determinado alumbran mejores horizontes, pudiera ser así aunque el resultado sea que la seguridad se mantenga en el tiempo como la mejor fórmula de hacerla extensiva a otros poderes. Por lo que se tendrá que remarcar que la democracia, donde la libertad es su protagonista máximo, es un sistema que sirve para dar la mejor vida posible a las personas y no es un fin en sí mismo.

Sin embargo, lo más contradictorio sea que para conseguir la libertad y la prosperidad es necesario apoyarse en la seguridad, la que tiene diversos vértices, desde gobiernos que deciden qué hacer sin contar con la libertad que dicen defender.

En un espacio que llaman globalización, a los ciudadanos de a pie se les escapa el porqué de determinadas cuestiones que comprometen sus vidas dado el silencio que impera en las mismas puesto que las consecuencias que sufrirán no van a ser muy halagadoras a cambio de conseguir una libertad que está cansada de esperar. Y que no llega.

Aunque lo que pudiera preocupar, aún con más intensidad, que no solo la libertad pudiera estar en venta sino que a su vez esté acompañada por la inseguridad. Lo que se traduciría en el gran fracaso, no solo de las políticas establecidas sino del peor fraude que puede existir, dejando perplejo a cualquiera que observe que los derechos humanos estén cuestionados precisamente por aquellos que tienen la obligación moral y política de engrandecerlos.

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