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Opinión

Gustavo A. Vivas García

Leovigildo, el hombre, el padre … el líder

El rey Leovigildo.

El rey Leovigildo. / Wikipedia

Para los que estudiamos EGB y COU, y ni siquiera nos topamos en esos años con la tarea de aprendernos de memoria la lista de los reyes godos, la mención de la figura del monarca visigodo Leovigildo (ca. 536-586), puede parecernos remotísima. Sin embargo, Leovigildo, su figura y su tiempo, están más de moda que nunca. La razón es que el profesor de Historia Medieval de la Universidad de Granada José Soto Chica ha escrito Leovigildo. Rey de los hispanos, una modélica biografía política del gobernante de origen germánico, editada pulcramente por Desperta Ferro Ediciones.

Muy al comienzo del texto, con el estilo que caracteriza el resto de su narración, Soto Chica proclama que Leovigildo fue «un señor de la guerra invencible, un legislador sagaz, un estadista genial y un padre fracasado» (p. XVII). Todas y cada una de las afirmaciones de esta frase son desarrolladas en extenso por el autor en las 350 y pico páginas restantes. En efecto, de su medio siglo de vida y, concretamente durante los dieciocho años de su reinado, los primeros años junto a su hermano Liuva y luego en solitario; Leovigildo solo disfrutó de un año de paz.

El rey fue un legislador consciente porque durante su reinado se procedió a revisar el Código de Eurico, transformándolo en el Código que lleva su nombre, con reformas tan importantes como la abolición de la prohibición de matrimonios mixtos entre visigodos e hispanorromanos. Fue un estadista con una intuición y una visión de la geopolítica a prueba de bomba, porque tras sus anuales y exitosas campañas militares, su autoridad regia llegó a abarcar prácticamente la totalidad de la Península Ibérica.

Pero, apunta Soto Chica, fue un padre fracasado. Detengámonos un instante en esta afirmación. A buen seguro el autor tiene en mente que, en 579 su hijo mayor Hermenegildo desde su puesto como gobernador de la Bética, se alzó en armas contra Leovigildo, estando asociado al trono con éste desde 573. Como narra con pulso firme el historiador granadino, a diferencia de lo que era habitual en él, esta vez el monarca no respondió de inmediato a esta rebelión, sino que esperó hasta 582 para tomar cartas en el asunto.

Hermenegildo se había convertido al catolicismo, quizá influido por su esposa franca Ingunda con la que se casó en 579 y por Leandro de Sevilla «el (…) erudito e intrigante hermano de san Isidoro de Sevilla» (p. 204), buscando con ello convertir su rebelión –en la que siempre aparece entre bambalinas su volátil madrastra Gosvinta–, en una «querella religiosa» entre el catolicismo de Hermenegildo y el arrianismo de su padre Leovigildo. El conflicto paternofilial se intentó solucionar, sin mucho convencimiento, por la vía del diálogo, pero finalmente se llegó a las armas y Leovigildo lanzó una serie de campañas entre 582 y 584 contra la revuelta; en 582 tomó Mérida, en 583 Sevilla y en 584 Córdoba. Hermenegildo fue capturado y conducido a Valencia, para morir a manos de su carcelero en Tarragona en 585.

Soto Chica apunta, intentando explicar lo inexplicable: la demora de casi tres años en los que Leovigildo tardó en aplastar la rebelión de su primogénito: «Para mí, como historiador y como padre, esa es la única razón plausible para explicar que un hombre (…) como Leovigildo (…) no se lanzara de inmediato sobre el foco de la rebelión, (…) su inacción solo puede explicarse por causas anímicas y personales» (pp. 208-209).

Es complejo intentar ponerse en la mente de alguien tan distinto en sus categorías mentales de un hombre del siglo XXI, como lo es un líder guerrero y rey visigodo de finales del siglo VI, un siglo donde como se nos señala en el prólogo del libro «no se toleraba la debilidad» (p. XIV). Pero es cierto que, trascendiendo los siglos y las mentalidades del alto medievo, cuyas cartografías mentales son absolutamente distintas a las nuestras, ciertos sentimientos más o menos atenuados quizá sean universales e imperecederos y trasciendan los siglos. Probablemente eso otorgue la razón a Soto Chica.

La visión final que hace el autor del reinado de Leovigildo a través de los ojos del hijo superviviente Recaredo que, a la postre le sucedería, es de una gran hermosura (p. 296). Y es que no debemos perder nunca de vista la esencia de lo que fue Leovigildo: un señor de la guerra, un líder tribal implacable y brutal. Un firme defensor de la supervivencia del más apto, recurriendo para ello a cualquier método punitivo o violento. Un superviviente feroz y determinado en una época histórica durísima donde la muerte no natural, el asesinato y la injusticia eran las características determinantes y cotidianas de esa terrible y esencialmente desigualitaria sociedad premoderna que denominamos, de forma rimbombante «el reino visigodo», desde nuestra mucho más equitativa atalaya actual.

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