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Jorge Bethencourt

El recorte

Jorge Bethencourt

El fango y la crispación

Sánchez con "más ganas que nunca" de reeditar la coalición tras la investidura fallida de Feijóo Atlas Agencia

El que impone el relato construye la realidad a su medida. Los partidos político lo saben. Por eso todos los días se produce la botadura de un flamante argumentario a las embravecidas aguas de este país mentalmente descuajeringado.

Como más vale prevenir que curar, el equipo de Pedro Sánchez puso en marcha su maquinaria de fango antes de la investidura. Acusó a Aznar de «golpista» por pedir que la sociedad se manifestara contra la amnistía a los independentistas catalanes. Y a Feijóo de estar proponiendo un inverosímil tamayazo buscando que al menos cuatro diputados socialistas abandonaran la disciplina del grupo socialista para hacerle a él presidente ‘contra natura’.

El famoso tamayazo define la traición de dos diputados socialistas en la Asamblea de Madrid, en 2003, que dieron su voto a Esperanza Aguirre. Comparar esos dos votos fugados –comprados, según les acusaron– con una apelación a la conciencia política para defender el modelo Estado supone tener muy poca memoria. Muchos viejos socialistas comparten un recelo similar al del PP ante la amenaza soberanista catalana. Aquí no hubo ningún intento de trasiego de votos a cambio de pasta o de poder. Fue otra cosa.

Pero el manoseo social no entiende de sutilezas. Traicionar a Pedro Sánchez, dijeron, sería «un tamayazo». Con esa apasionada defensa de la ciega obediencia al jefe de filas habría que absolver a muchísimos delincuentes, aplicando el inaceptable criterio de la obediencia debida. Y deja establecido, más allá de toda duda razonable, que los diputados, en última instancia, no son representantes de los ciudadanos, sino propiedad exclusiva de los partidos.

El esfuerzo inútil conduce a la melancolía. Toda esa agitación preventiva era gratuita. Ningún diputado socialista pensó jamás en abstenerse como favor a Feijóo. Ni de coña. Así que las acusaciones de tamayazo eran más bien una forma sibilina de insultar a los viejos socialistas escandalizados por la claudicación ante el independentismo catalán.

A pesar de todo, cuando esta semana un diputado del PSOE se equivocó en el sentido del voto –dijo «sí» a Feijoo, cuando debería haber dicho «no»– un escalofrío de terror recorrió la bancada de la izquierda. La chapuza se corrigió inmediatamente y el pobre hombre, acosado por la jauría de los medios conservadores, se fabricó una poco convincente explicación basada en el error en la lectura de su apellido. Lo mismo le ocurrió a uno de Junts que votó erróneamente a favor de Feijoo y obligó a la presidenta del Congreso, Francina Armengol, a meterse en el barro y cambiar el sentido de su voto. ¿Cómo se puede tener diputados que se equivocan entre un simple «sí» o un «no»? No hay más preguntas, señoría.

Mientras tanto, el diputado socialista Óscar Puente sufrió amenazas de un energúmeno al coger el tren para acudir al Congreso. Y al alcalde de Madrid, Almeida, le dio un concejal de la oposición unos amenazadores cachetitos en la mejilla. Nada grave, dicen. Jarabe democrático. Y así la semilla de la violencia sigue creciendo feliz.

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