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Los lunes con Juan Inurria

Juan Inurria Carsten W. Lauritsen

El otro día un chaval de esos que ejercen la misma profesión que yo y que se dirigen a mí como compañero, porque así se lo permite el código deontológico, al preguntarle quién era Gloria Fuertes, no supo responderme, no tenía ni idea. Aunque más grave fue sacar el nombre de Torcuato Fernandez Miranda y que una compañera abogada no tuviera ni idea de quién fue, ni mucho menos quién fue Carrero Blanco.

Desconocimiento lo llamo. Lo otro lo llamo falta de respeto a la edad. Hoy en día la falta de respeto es algo moderno, vanguardista y que pretende aparenta cercanía al que usa los tuteos.

El que se dirijan a mí ejerciendo colegueo no debe implicar que el chaval lo haga mal, ni mucho menos censuro su aptitud, él hace lo que está escrito y así se lo dice ese Código Deontológico de la Abogacía. Y sobre todo los juristas que estudiamos el Derecho Romano, los nuevos no sé si lo hicieron, conocemos aquel principio duae sunt positiones y es que al fin y al cabo todo es opinable, y la opinión es de cada uno, pero no por ser opinión es respetable.

Por eso considero muy práctico practicar eso que está tan de moda, la tolerancia. No puedo esperar que todos actúen ejerciendo los valores que me inculcaron. Es un problema de los tiempos actuales. Cuando yo tenía 35 años menos, al entrar en un pueblo de Carolina del Norte te recibía un cartel enorme en el que podías leer en inglés: «respeta y serás respetado», en eso se basa todo. En eso se basan las relaciones sociales.

Me hubiera encantado hoy poder opinar de lo que aconteció ayer domingo, donde opiniones distintas se manifestaban, pero no es posible, tengo que entregar lo que leen el sábado, cosas de edición, ya me entienden.

Pero adelantándome a lo que pudo pasar. No cabe duda de que uno de los medios de poder que tiene toda actividad política, en este caso los partidos, es el de convocatoria, esos intentos de persuadir para incitar a la acción de la ciudadanía en determinado sentido. Demostrar la necesidad, interés o utilidad de un concreto objetivo, para algunos les resulta muy fácil y exitoso y saben calar en la opinión pública. Obvio ejemplos, por eso, por obvios.

Hay grupos políticos minoritarios que esa labor la hacen de maravilla, incluso sin razonamientos lógicos o coherentes y mucho menos sensatos. Pero logran su objetivo. Ese objetivo que tanto les cuesta a partidos mayoritarios y que ganan elecciones. Se habrán preguntado estos cuál será el motivo. Esa falta de persuasión para inducir, mover a la masa con razones, mientras los otros lo hacen con sentimientos. Y como hoy no hay sentimiento de unidad, todo lo contrario, pues así va la cosa.

Los objetivos en política deben procurar la solidaridad y solidez del grupo social al que sirven, manteniendo la armonía entre la libertad, la seguridad y la igualdad. La destrucción de este triunvirato de ideas y su reemplazo por la estupidez, protagonismo e infantilismo perpetuo nos ha llevado a un lugar del cual no hay retorno.

Lo que hoy ejercen los nuevos políticos se basa en una relación de poder que conecta a los que les sirven con una relación de mando y obediencia, y el grupo le importamos un rábano. Por ser fino, se me ocurren otros calificativos que por decoro no dejo escrito.

En cualquier caso cuando se toca fondo y se llega al límite, es el momento para empezar de nuevo.

El ombliguismo ha ganado, reconozcámoslo y vivamos las consecuencias de la nueva Transición.

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