Opinión | Mira qué dices

Palabra

El presidente del PP y candidato a la Presidencia del Gobierno, Alberto Núñez Feijóo interviene en el acto, a 7 de julio de 2023, en Sevilla, (Andalucía, España). El presidente del PP y candidato a la Presidencia del Gobierno, Alberto Núñez Feijóo, partic

El presidente del PP y candidato a la Presidencia del Gobierno, Alberto Núñez Feijóo interviene en el acto, a 7 de julio de 2023, en Sevilla, (Andalucía, España). El presidente del PP y candidato a la Presidencia del Gobierno, Alberto Núñez Feijóo, partic / Joaquin Corchero - Europa Press

Es un arma de doble filo, de defensa o arrojadiza según los casos y las intenciones. Imponente pero también vulnerable. Es una herramienta para verbalizar un pensamiento. Es la capacidad de un ser inteligente para expresar directa y oralmente con ánimo de comunicación sus ideas y sentimientos. Es el sonido producido en ciertas oquedades del cuerpo que se articula para dejar un mensaje, aparentemente con significado. Sin significado no hay significante. Sin continente no hay contenido ni lenguaje, y sin palabra no hay política. Ocurre sin embargo que la política abusa de la palabra, o la maltrata hasta despojarla de todo su valor, o, con mucha frecuencia, aburre con ella. Ahora, en campaña electoral, es el tiempo de la palabrería, que es un estadio de descomposión de la palabra por exceso de uso y por la manipulación de su significado. O por la mera sucesión de sonidos formalmente vocablos audibles, pero conceptualmente ininteligibles porque acaban por no decir nada. Si las elecciones son la fiesta de la democracia, la palabra debería ser la esencia de la política, pero resulta que con frecuencia la política desacredita la democracia y pervierte la palabra.

Hace unos días el candidato del PP, el señor Nuñez Feijóo, reivindicó «la política de la palabra, porque sin palabra no hay política». Era, en apariencia un tonto juego de palabras que acabó desenmascarando su nadería, porque justo a la misma hora su compañera candidata a la presidencia de Extremadura, María Guardiola, decía y hacía lo contrario al pactar con Vox, cuyo ideario se define así mismo sin palabras, y meter a la ultraderecha en el Gobierno extremeño pese a haber comprometido previamente su palabra en sentido contrario. La palabra de Feijóo se convirtió en palabrería porque perdió todo su significado dado que lo que realmente acabó diciendo fue algo muy distinto; en realidad una orden de tres palabras: «Pacta con Vox». La palabra en periodo electoral da la medida de la textura y la hondura de los líderes políticos, y con frecuencia con resultados decepcionantes, no en términos de votos, sino de catadura moral. Feijóo y Guardiola se han quedado sin palabra pese a que siguen hablando como si no hubieran abierto la boca hasta ahora. Las personas no deberían ser nunca cautivas de sus palabras, como reza el dicho, sino liberadas por ellas si representan ante los demás, los ciudadanos y electores en este caso, la verdad de sus pensamientos. Pero los políticos se empeñan en maltratar este herramienta básica y elemental de la comunicación humana y de la transmisión de ideas, hasta darle la vuelta al aforismo, convirtiendo a la palabra en cautiva de sus mentiras o necedades. La palabra se convierte así en víctima.

Antiguamente dos personas se daban la mano para cerrar un trato y ese gesto era una garantía de compromiso con lo acordado, con la palabra dada. Valía tanto esa palabra como cualquier legajo firmado ante un abogado o un notario. Pero en política los acuerdos deben quedar bien detallados en todos sus términos porque nadie se fía nada del otro. Sí, también se estrechan la mano para sellarlo, pero es puro teatro, es un gesto para la galería porque en realidad cada parte desconfía de la palabra de su teórico socio. Y luego adornan su pacto con todas las palabras vacías necesarias para enmascarar bajo esa perorata la levedad de sus anteriores palabras, o el contenido de unos acuerdos que les desdicen de ellas, como ha pasado en Extremadura. Hay palabras vacías, pero también las hay cargadas de vísceras. Y palabras hermosas, casi siempre dichas sin aspavientos ni fútiles oratorias. Hay palabras bala y palabras flor. Que cada cual elija la suya para decir, y preste oídos a la que quiera escuchar.

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