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Humberto Hernández

Observatorio

Humberto Hernández

Poniendo el acento en los acentos

Poniendo el acento en los acentos PABLO GARCIA

Una de las mejores maneras de contribuir a la unidad de la lengua respetando, por supuesto, su diversidad es aceptar sin discusión las reglas de la Ortografía, por más que algunas veces nos parezcan arbitrarias, pues estas aparentes arbitrariedades son el resultado de haber aceptado normas del pasado, cuya vigencia se debía al propósito de mantener la lengua escrita inalterada, que no inalterable, lo menos posible. Sin embargo, hay aspectos de esta parcela normativa de la lengua que es preciso actualizar, bien porque hay que atender para responder a los cambios evolutivos que inexorablemente se producen en su seno o para procurar conseguir mayor uniformidad y rigor, sobre todo para facilitar la comunicación en situaciones en las que no existe interactividad entre el emisor y el receptor, esto es en la comunicación diferida en el tiempo o en el espacio, como es el caso de la comunicación escrita.

Puedo entender, sin embargo, que cuando se anuncia cualquier propuesta de cambio normativo se produzcan reacciones en su contra, puesto que se altera el cómodo equilibrio al que por tradición estábamos acostumbrados y que actúa en sentido contrario a la más mínima disposición por tratar de comprender las razones que inducen a los expertos a proponer tales cambios; y, como lo entiendo, sugiero que realicemos el esfuerzo necesario de adaptación antes que iniciar enfrentamientos y disputas sin contar previamente con el más mínimo conocimiento de causa. Y esto es lo que ha venido ocurriendo con la ya larga polémica de tildar o no tildar el adverbio “solo” para diferenciarlo de su homónimo adjetivo.

Pondré, pues, yo también, el acento (el énfasis) en el acento (la tilde) pues vale la pena insistir en un asunto considerado menor por algunos, a pesar de su enorme importancia en la escritura de una lengua de acento libre como es el español.

Ya en el año 1998 en mis Notas lingüísticas que aparecían en EL DÍA y que fueron recogidas en mi libro Una palabra ganada (2002, 1.ª ed.) expresaba en la titulada Acentos esta despreocupación ortográfica: «Sorprende, por ejemplo, ¬–escribía yo por entonces– que todavía, después de casi cuarenta años de que fueron dictadas las últimas normas, que se recogen en la Ortografía de la Real Academia Española, se continúen formulando las mismas cuestiones acerca de si es obligatorio poner tilde a las mayúsculas […] o si, por fin, los monosílabos fue, fui, vio y dio deben acentuarse o no. Aunque los mayores problemas suelen presentarse con la acentuación de los hiatos constituidos por una vocal abierta y una cerrada (aí, eí, oí, aú, eú, oú, ía, íe, ío, úa, úe, úo), en los que es preceptivo colocar la tilde a la vocal cerrada, por más que se vaya en contra de las reglas generales: país, maíz, reír, laúd, día, prohíbe, etc. Con mucha frecuencia se incurre en error en la acentuación de palabras que contienen el grupo vocálico ui (diptongo en ocasiones y hiato en otras); sin embargo, la norma resuelve el problema al considerar a este grupo, a efectos ortográficos, como un diptongo: sólo llevará tilde, pues, si lo requiere según las normas generales de acentuación; así, se les pondrá tilde a palabras como casuística (esdrújula) o construí (aguda terminada en vocal), pero no a jesuita, construido, destruido o prohibido».

Un año después aparecería la edición de 1999, que mantenía con plena vigencia las normas anteriores, y en la que todavía se admitía la subjetiva opcionalidad a la hora de acentuar o no palabras como guion, truhan, Sion, fie, hui, etc., en las que era admisible el acento gráfico si quien escribía «percibía nítidamente el hiato y, en consecuencia, consideraba a estas voces palabras bisílabas»: guion o guión, truhan o truhán, y con las dos formas aparecían lematizadas en el diccionario académico.

La misma opcionalidad que se le concedía a solo: «Cuando quien escriba perciba riesgo de ambigüedad, llevará acento ortográfico en su uso adverbial»; criterio similar se podía seguir para los demostrativos este, ese y aquel y sus femeninos y plurales. Pero ya la Ortografía de 2010 dice claramente que uno y otros «son voces que no deben llevar tilde según las reglas generales de acentuación, bien por ser bisílabas y llanas terminadas en vocal o en -s, bien, en el caso de aquel, por ser aguda y acabar en consonante distinta de n o s. Pero ocurre que la académica normativa nos deja un párrafo confuso que deja un margen de discrecionalidad para satisfacer los deseos de los nostálgicos. Y es aquí donde se han agarrado los partidarios de la innecesaria tilde diacrítica para rechazar la propuesta de los responsables de la Ortografía, según los cuales esta tilde diacrítica solo se justificará en los casos en que existiendo igualdad de significantes en palabras con significados distintos tengan estos distinta prosodia (una ha de ser átona y la otra tónica); así, por ejemplo, frente a la regla general de que los monosílabos no llevarán tilde, se colocará la diacrítica en los monosílabos tónicos que posean un correlato átono, como por ejemplo él [“él es mi hermano”] / el [“el libro mío”]; tú [“tú vendrás conmigo”] / tu [“tu libro es este”]; mí [“lo quiero para mí”] / mi [“mi casa”]; sí [“sí, lo quiero” / “lo quiere para sí”] / si [“si lo quieres, dímelo”]; sé [“sé que vendrá”] / se [“se lo dije”]; dé [“dé lo que le corresponde”] / de [“libro de lectura”]; té [“me gusta el té verde”] / te [“te lo agradezco”]… No llevaría tilde, por el contrario, el pronombre tónico ti, al que no se opone otro homónimo átono ni las formas verbales, ya citadas fue, fui, vio y dio, que según la vieja Ortografía, con menos rigor lingüístico, sí se acentuaban. Así que solo adjetivo y adverbio son palabras tónicas que no admitirían tilde diacrítica, como tampoco los demostrativos, siempre tónicos como adjetivos y como pronombres.

No es preciso insistir en que no se justifica contradecir una norma para evitar posibles casos de ambigüedad que pueden solventarse con otros procedimientos, como la que podría producirse entre la tan comentada del solo adjetivo y el solo adverbio (“Juan estudia solo Matemáticas”: ¿sin compañía o únicamente?). La ambigüedad se puede producir con mucha frecuencia dado el elevado número de palabras polisémicas y de palabras homónimas, como el caso de solo, si no situamos las palabras en los contextos adecuados (“Juan estudia Matemáticas sin que nadie lo ayude”; “Juan prefiere las Matemáticas y no estudia las restantes asignaturas”). Piénsese, por otra parte, en los muchos casos que habría que considerar teniendo en cuenta solo aquellas voces homónimas que pueden ser adjetivos y adverbios, como podría ser la palabra seguro: «Juan tiene un trabajo seguro», ¿cómo habría que entender ese seguro?, ¿cómo adjetivo con toda seguridad o como adverbio sin ningún tipo de riesgo? ¿Tendríamos entonces que poner una tilde diacrítica al adverbio seguro [*segúro]? ¿Y a limpio, sucio, justo, mejor, igual… que pueden también funcionar como adjetivos y como adverbios, probablemente con posibles riegos de ambigüedad en contextos insuficientes?

Creo que, considerando la posible cascada de demandas ortográficas relacionadas con la tilde diacrítica que podrían generar injustificadas concesiones a reputados e insistentes escritores, bien haría la Real Academia Española, a la que sí hemos de concederle total autoridad en cuestiones ortográficas, en respaldar el criterio de los filólogos que son quienes mejor conocen las razones técnicas (gramaticales y prosódicas) para conseguir que nuestra ortografía continúe avanzando por la vía del rigor y contribuya así a fortalecer la unidad idiomática, por encima de pretensiones individuales que a veces parecen revelar más que nada el desconocimiento de las razones que justificaron una norma.

Por si pudiera ser de utilidad, resumo las principales “novedades” de esta no tan nueva Ortografía, que ya cuenta con más de una docena de años:

  1. Se consideran diptongos ortográficos secuencias como io, ua, ie, si el acento no recae en la vocal cerrada; así, no llevará acento gráfico o tilde guion, truhan, Sion, rio, lie, riais (sí lo llevarían río, púa, líe); norma que, conviene recordarlo, tiene carácter obligatorio. En cierto modo se aplica el mismo criterio que ya afectaba al grupo vocálico ui, que se puede pronunciar como diptongo (je.sui.ta) o como hiato (je.su.i.ta); hay que considerar también a este grupo ui a efectos de acentuación como un diptongo, por lo que solo habrá de acentuarse cuando lo exijan las reglas generales: construido, no *construído, pero sí casuística.
  2. Se amplía el concepto de hiato, a efectos ortográficos, a todas las combinaciones de dos vocales iguales, sean abiertas o cerradas. Constituirán siempre hiatos, pues, la secuencias a-a, e-e, o-o, i-i, u-u, y solo llevarán tilde si las reglas de acentuación lo exigieran. Así, no se tildará tiito o chiita, que con tanta frecuencia aparece en los medios de comunicación en la forma con tilde *chiíta. Sí lleva tilde el adjetivo chiíes, pues en este caso señala la existencia de hiato entre la i y la e.
  3. También tiene carácter obligatorio la regla que prescribe la desaparición de la tilde en la conjunción o cuando se escribe entre cifras (2 o 3 días).
  4. Del mismo modo, aunque en el texto de la Ortografía no se presenta como norma de carácter obligatorio, sí se propone como opción más recomendable la supresión de la tilde en el adverbio solo y en los pronombres demostrativos (este, ese, aquel, con sus formas femeninas y plurales), por las razones prosódicas y gramaticales a las que hemos hecho referencia.

Como en distintas ocasiones me he manifestado contrario a cualquier tipo de dogmatismo y he defendido el pluricentrismo lingüístico (la coexistencia integrada de dialectos con la misma jerarquía) de la lengua española, tal vez convenga concluir este artículo manifestando mi actitud ante lo que pudiera parecer una justificación del monocentrismo o centralismo lingüístico. Nada más lejos de la realidad, pues del mismo modo que me declaro ferviente defensor de la diversidad idiomática, también lo soy de la unidad de la lengua, pues unidad en la diversidad deben entenderse como realidades complementarias y no excluyentes, y esto solo es posible manteniendo por encima de todo los mismos criterios ortográficos consensuados y legitimados técnicamente y por encima también de injustificadas preferencias individuales o corporativas.

Es la mejor garantía para mantener la actual cohesión del idioma y la inteligibilidad entre todas las modalidades, riqueza claramente manifiesta en la variada y rica historia de nuestra Literatura, la de ayer y la de hoy, la de esta y la de la otra orillas del Atlántico. Por eso todos los hablantes del español debemos sentirnos afortunados por compartir tan extraordinario patrimonio cultural.

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