Opinión | Parece una tontería
Juan Tallón
Tener un siempre

Hombres G. / E. D.
Hacer las cosas como siempre exige constancia, cumplimiento. Para hacerlas de esa manera, primero hay que haberlas hecho de otras muy distintas, hasta que al fin encuentras que «esa» manera te agrada. Es decir, pruebas de una forma y no te gusta, pruebas de una distinta y sigue sin satisfacerte, pruebas de nuevo, y entonces descubres el modo bueno de hacerlas e intentas atenerte a él en lo sucesivo. Forjas un siempre. Ese siempre, cuando se construye, se vuelve un refugio. Es una especie de milagro obtenido de la costumbre, al cabo de la cual uno se «apropia» del siempre. En uno de los magníficos relatos de Marta Jiménez Serrano, recogidos en No todo el mundo (Sexto Piso), se explora la historia de la relación entre Fran y Claudia, desde que empieza hasta que acaba. En un momento dado, el narrador señala que «la tarde transcurre como siempre. Es pronto, pero ya tienen un siempre».
No sé si se puede improvisar un siempre en poco tiempo. Una profesora de Valladolid me contó que ella y una amiga acudieron hace un par de años a un concierto de Hombres G. En los 80, habían formado parte de la generación entre la que el grupo de David Summers había arrasado como un vendaval, y decidieron ceder a la nostalgia de último y extemporáneo reencuentro. Ni ellas, ni el grupo, ni nadie después de treinta y tantos años, eran sombra de lo que habían sido, pero pensaron que, simplemente, podía ser divertido.
En mitad del concierto, les llamó la atención que a su lado una chica de unos 15 años cantaba todas las canciones. «Perdona, pero cómo es que te las sabes de memoria», acabó preguntándole la profesora, desconcertada. «Me las sé de siempre», respondió la adolescente, radiante. «Tú no tienes siempre», replicó la profesora, airada por aquel modo de arrogarse un siempre que, por edad, le pertenecía más a ella.
Empleamos tanto ciertas palabras, usándolas a veces para lo que no debemos, que cuando llega la ocasión idónea, una en la que encajan como la última pieza de un puzzle, esas palabras no significan gran cosa. Quizás «siempre» sea una de ellas. Por no hablar de la argucia del «casi siempre». Tendemos a confundir siempre con alguna vez. En casos muy excéntricos, incluso con ninguna. Recuerdo un matrimonio que aparece en un relato de Scott Fitzgerald. Son los Bankland, que se muestran escandalizados por los dispendios de sus vecinos, y una tarde les explican cómo ellos tienen un presupuesto y se atienen «siempre» a él. «Ya puede caerse el cielo sobre nuestras cabezas que no rebasamos ese presupuesto ni por un solo centavo. Es la única manera de vivir con sensatez y ahorrar dinero». Es decir, todo lo fiaban al método. Siempre. Y compadecían al que no lo hiciese. Admirados, los vecinos le preguntaron a la señora Bankland cuánto llevaban ahorrado con este sistema. «¿Cuánto? Ah, aún no llegamos a eso. Es que empezamos ayer con el sistema». Al siempre se llega por un camino plagado de pruebas, en el que a veces un siempre puede ser sustituido por otro. El siempre no es para siempre: eso es así siempre, siempre, siempre.
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