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José Luis Villacañas

Chile: la indignación que viene

Chile: la indignación que viene

Uno se asoma a un supermercado chileno y no puede dejar de darle la razón a aquel sabio que afirmó que la verdadera lucha de clases es la política de precios. No ignoro los debates europeos sobre la necesidad de ofrecer bonos para las familias más necesitadas, identificar cestas de la compra de productos básicos o hacer frente a la inflación con topes de precios. Si eso es necesario en Europa, con más razón debería ser el centro de la preocupación de cualquier gobernante chileno. No es que la inflació n aquí sea más alta. Es que, en general, la vida es más cara que en Europa. En realidad no puedo imaginar cómo se puede llegar a fin de mes con los sueldos medios habituales.

Cuando pregunto cómo lo hace la gente, la respuesta es sencilla: endeudándose. Hasta las cejas. Este es un país que tiene la economía más plastificada de América Latina. El presidente anterior, Piñera, hizo su fortuna instaurando el sistema de tarjetas de crédito. Todo el mundo compra a débito y la opción de pagar fraccionado es inmediata. Sabemos que el dinero de plástico dificulta el control del gasto, sobre todo en el pago aplazado. Eso significa que no quieres saber el monto de la deuda hasta que resulta demasiado abultado. El hecho de que el billete mayor sea de veinte mil pesos, además, le retira un poco de dignidad al papel moneda. En realidad, estos billetes vuelan en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, se trata de unos no despreciables veinticinco euros.

Que lo único barato sea el transporte en los miles de autobuses que recorren las ciudades, indica que la vida cotidiana se sostiene sobre ese ajetreo. El anterior movimiento social de 2018 estalló cuando se quiso subir el billete de metro la módica cantidad de 30 pesos –unos céntimos de euro al cambio–. Entonces se gritó: «No son treinta pesos, son treinta años». Se hacía referencia a que este orden económico era la Constitución de la dictadura de Pinochet. De este modo, la protesta económica se hizo política. Ahí se generó el movimiento constituyente. Sin embargo, el debate constituyente se desplazó hacia los problemas identitarios de las naciones minoritarias. El electorado desdeñó que la respuesta a una angustia económica cotidiana y general fuera el encaje de naciones indígenas en la Constitución. Al final ni esas mismas naciones votaron a favor. El proceso se hundió estrepitosamente.

Y en verdad, uno observa a los paisanos que se amontonan en las paradas de los pequeños autobuses, comprando comida barata en los humildes puestos de la calle poco antes de dirigirse a sus casas, y no aprecia que el problema de esta masa humana humilde y frenética se resuelva implantando en Chile el modelo constitucional de Canadá. Lo que este país necesita es reelaborar de arriba abajo su constitución económica. Por supuesto, poner sus salarios a la altura de sus precios. Luego, generar espacios públicos donde se pueda acceder a servicios sin necesidad de endeudarse. Supongo que eso obligará a una revolución fiscal. Pero en todo caso dignificaría la vida cotidiana, la alejaría de esta apariencia de despiadada jungla.

Mi amigo Óscar Cabezas Villalobos, profesor de la Universidad Católica de Chile, publicó hace unos meses un libro. El título deja claro la retórica republicana que lo animaba. Quousque tandem, lo llamó, aludiendo al famoso comienzo de la más célebre catilinaria de Cicerón y a otro libro de Oteiza. ¿Hasta cuándo se mantendrá la paciencia de esta sociedad?, se preguntaba Cabezas. La respuesta de este libro conmovido y conmovedor es sencilla: hasta la insurrección que viene. Cuando uno estudia las sociedades novohispanas aprecia la pauta de la insurrección –tan semejante a la del motín español– como explosiones periódicas de rabia y de ira. Sin embargo, la insurrección es el síntoma de una sociedad que no está en condiciones de hacerse cargo de sus propios problemas. Con ellas no se construye. Y todavía más: esa explosión desde siempre ha estado descontada por las elites dirigentes. Saben que si aguantan el estallido inicial, las cosas volverán a su antiguo cauce y los insurrectos arrastrarán el sabor amargo de la impotencia.

Los movimientos que llevaron a ciertas ciudades griegas a eso que se llama democracia, allá por el siglo VI aC., no fueron sino movimientos populares contra las deudas. Parece que allí donde se impone una economía monetaria, la contracción de deudas por parte de ingentes capas de la población es inevitable. La democracia fue siempre una lucha contra la deuda intolerable. Y la deuda se hizo intolerable cuando esclavizaba las vidas de la gente. Lo que salió de allí fue la capacidad de esas capas populares de imponer liturgias que obligaban a las grandes fortunas a distribuir recursos y bloqueaban las grandes diferencias de riqueza. Eso es hoy la justicia fiscal. Lo demás es palabrería. Sin ella, no existe democracia.

Mientras tanto, no veo nada que salve a esta sociedad del individualismo. Falta saber cómo de profunda es la herida que ha provocado el fracaso del proceso constituyente y si ha dejado a este pueblo ante la sensación de que sólo queda seguir el camino que inició Pinochet.

Es algo que los españoles conocemos bien. Los dictadores, por mantener sus apoyos, acaban vendiendo baratos sus países. Creo que esa, la deuda que contrajo el dictador con los poderes extranjeros, esa es la que esta sociedad sigue pagando.

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