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Joaquín Rábago

Del símbolo de la paz a los misiles firmados

El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski PRESIDENCIA DE UCRANIA

Hubo unos años, los sesenta del siglo pasado, en que estuvieron de moda las pequeñas insignias metálicas con el símbolo de la paz que, colocadas en el jersey, la gorra o la chaqueta, servían para denunciar las guerras como la de EEUU contra Vietnam.

Se trataba de una pequeña chapa con un círculo y tres palitos, uno de ellos vertical y otros dos que salían de él a media altura y en diagonal, simulando algo así como la pisada de un palmípedo.

Lo había creado en 1958 un diseñador británico llamado Gerald Holtom para una campaña popular en contra de las armas nucleares y sustituía en clave abstracta a símbolos de la paz tradicionales como la paloma o la ramita de olivo.

¡Qué lejos parecen hoy aquellos tiempos! Me cuenta una amiga finlandesa residente en España que en su país de origen, desde antes de la Guerra Fría neutral y hoy candidato junto a Suecia al ingreso en la OTAN, han encontrado una nueva forma de apoyar a Ucrania frente al invasor ruso.

Muchos finlandeses envían sus donaciones a una asociación ucraniana y a cambio de ese dinero, los soldados de ese país escriben en la munición con un marcador permanente el nombre del donante y algún mensaje ofensivo contra Rusia.

Luego lo fotografían o hacen un vídeo y envían ese material al generoso patrocinador finés, que puede colocarlo entonces en su red social favorita en espera de que otras personas le expresen su aprobación con un like (me gusta), como es allí habitual.

Es algo que está haciendo mucha gente y no solo de ultraderecha como los militantes del partido de los Verdaderos Finlandeses (hoy Partido de los Finlandeses), que en las últimas elecciones (2019) quedó en segundo lugar tras el socialdemócrata de la actual primera ministra, Sanna Marin.

Entre esos donantes, además de algunos diputados, hay gente del mundo de la cultura como la escritora Sofi Oksanen, autora de libros traducidos al castellano como Las Vacas de Stalin o Cuando las palomas cayeron del cielo, y galardonada con varios premios nórdicos.

Por cierto que la rusofobia parece imperar últimamente en ese país hasta el punto de que su actual primera ministra ha afirmado que de la guerra de Ucrania tiene la culpa no solo Vladimir Putin, sino todo el pueblo ruso, que le ha votado.

De ahí la decisión del Gobierno de «restringir fuertemente» la concesión de visados a ciudadanos rusos, que su ministro de Exteriores justificó por el sabotaje de los gasoductos del Báltico, que, sin embargo, parece haber sido obra de Occidente, y por los referendos «ilegales» celebrados en los territorios ucranianos ocupados.

El Gobierno de Helsinki ha anunciado por otro lado sus planes para construir una barrera de alambre de espino en su boscosa frontera con Rusia, que tiene 1.340 kilómetros, porque dice no fiarse de los controles del país vecino.

Conviene recordar a este respecto que la Unión Soviética fue el primer país en reconocer la independencia de Finlandia, que, tras pertenecer al reino de Suecia, sería anexionada por el zar Alejandro I de Rusia, quien creó el Gran Ducado de Finlandia, del que él mismo se convirtió en titular.

En aquella época, Finlandia gozó de amplia autonomía y se dotó de un moderno Parlamento unicameral: las mujeres gozaban ya entonces allí de derecho de sufragio activo y pasivo, y su independencia, tan alejada de la situación en España, asombró al granadino Ángel Ganivet, autor de Cartas Finlandesas.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Finlandia luchó contra la URSS en dos ocasiones: la primera fue la llamada Guerra de Invierno, en la que Stalin logró arrebatarle un buen trozo de su territorio, y la segunda, la Guerra de Continuación, en la que se alió con la Alemania hitleriana en un intento frustrado de recuperar el territorio perdido.

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