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La utilidad del bulo

La utilidad del bulo

Hemos arrancado 2023, un año con diversas citas electorales a la vista –empezando, si no hay ningún accidente en Catalunya, por las elecciones municipales y autonómicas de mayo y acabando con las elecciones generales que han de celebrarse a finales del cuarto trimestre–, teniendo conocimiento a través de medios de comunicación solventes de la posibilidad de que los resultados de algunas de esas elecciones, en particular las generales, acaben siendo impugnados. Esta eventualidad se estaría gestando, al parecer, a través de algunos perfiles considerados de extrema derecha en redes sociales –el medio en el que mejor germinan, sobreviven y se reproducen los bulos– que están sembrando la sombra de duda sobre la fiabilidad de Indra, la empresa encargada de centralizar y de comunicar los resultados electorales, un cuestionamiento que se justifica por la proximidad política de su presidente, Marc Murtra, y de algunos de los nuevos miembros de su consejo de administración al partido socialista y que se basa en la asunción de que ese partido se propone alterar los resultados electorales si no le son propicios.

Hay muchos argumentos que desmienten fácilmente estas ideas. Por ejemplo, que no hay ni un solo indicio o evidencia de que el PSOE se plantee falsear los resultados electorales. E incluso en la improbable hipótesis de que algún partido se propusiese alterar el designio de las urnas lo tendría prácticamente imposible y no lo lograría gracias a la presidencia de Indra, más que nada porque Indra no interviene en el recuento electoral, que dicho sea de paso tiene un diseño muy garantista regulado por medio la LOREG: recuento por parte de los miembros de las mesas electorales elegidos de entre los miembros del censo por sorteo, presencia de apoderados e interventores designados por los partidos, publicidad de los resultados en los colegios electorales, recuento público y proclamación de los resultados y publicación de los mismos en el BOE. Este ejercicio, sin embargo, es inútil. Quien quiera creer en el bulo no atenderá a razones, no se expondrá a ellas y si lo hace no se las creerá. Operará a la perfección el mecanismo psicológico de la disonancia cognitiva. La veracidad del bulo, una vez lanzado, no será cuestionada por aquellos predispuestos a creerlo.

La casualidad ha querido, además, que la noticia haya coincidido con el asalto de las instituciones brasileñas por parte de seguidores del expresidente Jair Bolsonaro que cuestionan la victoria de Lula da Silva y se oponen a su toma de posesión como presidente. Rápidamente, y más allá de la evidente similitud con la situación vivida en Estados Unidos tras la victoria de Joe Biden, algunos medios de comunicación y algunos dirigentes políticos se han apresurado a trazar un paralelismo con la situación española, algunos en relación al procés independentista y otros en relación a Vox y el PP, llegando afirmar la ministra de Educación, Pilar Alegría, en clara alusión a estos últimos, que se empieza cuestionando los resultados electorales, acusando al Gobierno de ilegítimo, y se acaba tomando las instituciones para subvertir el orden constitucional. Igualmente aquí sin ninguna prueba o evidencia. Y ni falta que les hace a los que se lo quieren creer.

En el actual contexto político caracterizado por un elevado nivel de polarización y de crispación el bulo resulta de gran utilidad. Cohesiona internamente y alimenta el surgimiento de otros bulos, que a su vez, cohesionan al adversario. Un bulo genera otro bulo y todos tan contentos en su (ir)realidad. Se puede argumentar que esto es política, aunque no de la nueva, esa que nos había anunciado una mejora de las formas y de la calidad moral, sino más bien la novísima, esa que a la hora de la verdad se acaba pareciendo mucho a la vieja y que desde Maquiavelo sabemos que está desvinculada de la moral. La política tiene sus normas y también las tiene el periodismo digno de ese nombre. El que describe y analiza hechos contrastados y evita difundir rumores, amparado en una pretendida superioridad moral, que desde una trinchera deslegitiman al adversario y contribuyen a generar un determinado estado de opinión que alimenta la propagación de la ira, precisamente aquello que se dice querer combatir.

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