Lo de Heriberto el Carapapa se dice y no se cree. Por mucho adelanto que nos ofrezcan las tecnologías, él mantiene que, como amante de las tradiciones que es, sigue fiel a sus costumbres. Mientras degustaba media ración de garbanzas de las de mi madre, me contó que, tan pronto como supo que las entradas del Carnaval se ponían a la venta, llamó a su grupo de amigos, cogieron las casetas de campaña, me pidieron que les llenara cuatro tuppers de garbanzas y para abajo se fueron, empeñados en ser los primeros de la cola.

Y fieles a la tradición, abajo pasaron frío, salieron en el periódico, se tomaron un par de termos de cafileche y me cuentan que hubo incluso alguna murga que estuvo allí cantándoles el pasacalle. Y así estuvieron hasta que llegó el día de ayer, a las 9 de la mañana. Alguno lo intentó hasta doce horas antes pero por contestación obtuvo un simple «le estamos redireccionando, por favor espere». Y siguieron esperando, jugando al cinquillo, cantando pasacalles, pasando sueño, viviendo esa ilusión murguera que es algo más ligado ya al carnaval.

Y llegó el día H, el corazón con cien pulsaciones y, como siempre, la web se colapsó y diez minutos después, solo quedaban entradas para ver a la FUFA el domingo por la mañana. Y entonces cundió el desánimo hasta que uno, el más positivo dijo, «tranquilo Carapapa, siempre nos quedará el bolígrafo BIC, a 50 euros por persona». Y entre una mezcla de cabreo y resignación, cerraron los ordenadores, recogieron las casetas y subieron a la habitación a dormir un rato. El esfuerzo, una vez más, no había dado resultado; eso si, disfrutaron de la espera y protagonizaron, otra vez, la famosa tradición de hacer cola por una dichosa entrada. Maldita tradición.