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La alberca

La alberca

Hace mucho que la casa de mi abuela ya no es la casa de mi abuela, sino un piso de alquiler tan distinto que no hay manera de saber cuán fidedigna es la memoria, pero de existir, de poder entrar de nuevo aunque fuera una sola vez… creo que temblaría. ¡Qué caramba! Temblaría antes de entrar. ¿Se han hecho la pregunta aquella de si pudieran viajar a cualquier punto del pasado o el futuro, qué elegirían? Pues con la misma certeza con la que con mis amigas quemo deseos la noche de San Juan pidiendo salud, dinero y más dinero, creo que al futuro viajaría lo justo y necesario para apuntarme los resultados del próximo Euromillón. Y no es avaricia, no, que es que con todo lo curiosa que soy, asomarme a cualquier otra puerta futura me haría sentir que fisgo una vida ajena. Aunque fuera la mía. En cambio, el pasado es de todos. Al pasado hay que volver de tanto en tanto para comprobar todo lo que hemos cambiado, lo mismito que todo en lo que somos los mismos.

La casa de mi abuela ya no es la casa de mi abuela, pero adivino que ahora los cuatro pisos sin ascensor me parecerían oscuros, de esos con peldaños chiquititos. Me sucede con frecuencia que al resubir escaleras subidas antaño, ahora me toca retorcer los pies. Como los fregaderos me quedan muy por debajo de la cintura. Como Alicia en el País de las Maravillas al comer de un pastel, el largo pasillo de la casa en que crecí ahora apenas mide dos metros y la alberca donde nadábamos haciendo carreras todos los primos es poco más grande que una bañera.

No debería sorprenderme que crecer, ¡crecer!, sea precisamente eso: hacerse más grande que las cosas que uno ha vivido, que las casas en las que uno ha vivido. Y así siguen, chiquititas. Sentarme en aquella mesa con hule es viajar a 1980. Los azulejos estridentes traen olor a Nescafé. El café de verdad, el de la cafetera italiana era solo para los días de fiesta, cuando venía toda la familia y los primos hacíamos el indio en la alberca. En la sobremesa los mayores jugaban a los chinos y las primas mayores –siempre las chicas– éramos las encargadas de hacer cafeteras y llevar aquellas tacitas de cerámica y, como no bastaban, también las de Duralex. La mesa de comedor de los días de fiesta se abría y tenía un doble fondo con una extensión, pero también era el escondite donde guardábamos las cajitas de las escasas joyas que teníamos: algunos pendientes, una esclava y un reloj. Y los sobres, con nuestros nombres manuscritos resguardaban el dinero de nuestra comunión. Si alguna vez hizo falta un préstamo, lo tomaban sin permiso, pero dejando anotado en una hojita de cuadrícula la fecha y la cantidad. Y el último tesoro de aquella caja de seguridad improvisada eran unas cucharitas de café, de alpaca y con el mango en forma de rosa. Me encantaban. Como eran buenas no se utilizaban con el Nescafé y como eran solo cuatro tampoco con el café de verdad. Lo cierto es que nunca las vi acompañando una taza desde el borde de un platito. En uno de mis viajes a 1980 las vi y suspiré y mi madre casi me las lanzó diciendo toma, no sirven para nada. Ahora están en mi casa, junto a los cubiertos de plata india, que solo salen a bailar los días de fiesta. ¡Les sientan tan bien! Y ahora puedo adivinar que algún día, mis hijos y mis nietos viajarán al 2020 al comerse unas islas flotantes en crema inglesa, pero, vaya uno a saber…

Ando viajando estos días, sin rumbo, como si me guiara una brújula estropeada. A las brújulas les pasa lo mismo que a los relojes e incluso parados aciertan cada día dos veces. Viajo sin prisa y con ganas, que es acertar al viajar. Consciente de que el trayecto nunca es solo geográfico, sino, sobre todo, temporal. Viajo a este año, a aquel siglo y no sé cómo explicarles que siento en la piel, en la carne de gallina, los pasos de otros muchos que estuvieron aquí antes que yo. Entonces me descubro absorta mirando tal o cual estatua, o el nombre de una calle y busco en Google quién fue este señor. Porque casi todos son señores y las escasas mujeres son vírgenes con nombres espantosos: de los Dolores, de los Tormentos. En cambio, de niña, los nombres de las calles de aquel mundo de cuatro paredes no me parecían de nadie más que de las calles y la estatua de cualquier sacerdote no era más que un señor de aspecto apacible que invitaba a sentarse a su lado. Pero me quedo mirando a este Colón o a este rey con espada algo oxidada y me acuerdo de él. Y, debo estar fatal… también de la alberca. Para que vean que viajar no es avanzar; a veces, se retrocede.

Decía Alicia en el País de las Maravillas: «No tiene utilidad volver a ayer, porque entonces era una persona distinta». Pero también hablaba con el Gato:

–¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?

–Eso depende en gran parte del sitio al que quieras llegar.

–No me importa mucho el sitio…

–Ah, pues si no sabes adónde vas, cualquier camino te llevará allí.

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