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Un carrusel vacío

Más cine, por favor

Más cine, por favor

Cantaban The Buggles a finales de los setenta que «el vídeo mató a la estrella de la radio». Temo que, dentro de unos años, podamos decir lo mismo de las plataformas de streaming –Netflix, HBO, Filmin…– con respecto al cine. Ya hay mucha gente que prefiere la comodidad de su sofá y de una suscripción anual al desplazamiento a un cine, las colas, los altos precios –que continúan incrementándose– o los energúmenos que vocean en la sala como si estuvieran en una taberna. 

A pesar de esto –y del inevitable parón ocasionado por el Covid–, la industria del cine no solo sobrevive, sino que goza de buena salud, tal como refleja el hecho de que cada vez sea más complicado comprar las entradas en taquilla unos minutos antes de comenzar la proyección. Lo hacía en mi infancia y adolescencia y actualmente no se me ocurriría, a no ser que se trate de una sala muy alternativa o de una película no demasiado popular. Es cierto, no obstante, que esto puede deberse a que ha cambiado la forma de consumo de la sociedad: ahora todo lo hacemos a través de Internet; también sacar las entradas. Pero en ocasiones, ir al cine implica incluso una mayor precaución y adelantarse varios días. Hablo de estrenos de películas de alto presupuesto –las sagas de Marvel, Harry Potter, Star Wars…– o de eventos como la «Fiesta del Cine», que tras el Gran Confinamiento se convirtió en la salvadora de la industria, y que en cada nueva edición vuelve a demostrar que se incrementaría el público si se redujeran un poco los precios.

De cualquier forma, cuando afirmo que el cine goza de buena salud me refiero, claro está, a las grandes empresas como Cinesa o Yelmo. Las salas tradicionales emprendieron, desde hace ya muchos años, una imparable decadencia vaticinada en aquella obra maestra del séptimo arte: Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988). La escena final en la que demuelen el Nuovo Cinema Paradiso frente a los envejecidos habitantes de Giancaldo, el pueblecito siciliano donde se desarrolla la historia, representa la irremediable llegada de un futuro en el que la idea más romántica del cine no tiene cabida.

En Madrid, por ejemplo, quedan muy pocas de las salas que poblaban la Gran Vía y Fuencarral, aquellas a las que acudía Luis Cernuda para contemplar a sus adorados héroes de la gran pantalla. En mi infancia, fui mucho con mis padres al Avenida, de Gran Vía, que acabó convirtiéndose en una monstruosa cadena de rop a, y al Palacio de la Música, que tras cerrar para siempre permaneció años abandonado con el cartel de la última película que allí se proyectó en 2007: Tú la letra y yo la música, una comedia protagonizada por Drew Barrimore y Hugh Grant, el galán por antonomasia de las comedias románticas noventeras. Algo más tarde, en 2013, recuerdo que participé en un recital poético en la puerta del antiguo cine Roxy B, en Fuencarral, que amenazaba con echar el cierre y acabó haciéndolo, a pesar de nuestro idealismo reivindicativo. 

Estas Navidades he ido dos veces al cine. Pocas, para ser yo, pero es que la cartelera actual no me resulta nada atractiva. Vi Aftersun, el primer largometraje de Charlotte Wells, que cosechaba buenas críticas dentro del cine independiente y que me pareció un auténtico y pretencioso bodrio ante el que los párpados se me volvían muy pesados. Será que no soy yo lo suficientemente «intelectual» para apreciarla. Me lo pasé mejor con Megan, que no puede considerarse ninguna obra maestra pero, al menos, te mantiene en tensión esperando el siguiente movimiento de la robot asesina. Lo confieso: soy una apasionada del género de terror, aunque es difícil hallar en él obras de calidad. Mi otro gran género favorito es el drama, para el que agradezco la penumbra de las salas de cine, porque alguna lagrimilla es inevitable. Y eso que no llego al nivel de mi padre, que se pasaba la mitad de la película llorando.

No sé si el streaming acabará matando a la estrella del cine o siempre quedaremos los románticos –y los adolescentes que buscan un plan en pandilla diferente al habitual de comer pipas en el banco del parque–. De lo que sí estoy segura es de que, para mí, nunca cambiará esa sensación ilusionante de llegar a la sala y ver cómo lentamente se apagan las luces y empiezan los trailers publicitarios –hasta eso me gusta–. Ir al cine es algo parecido a tener una cita con una persona a la que empiezas a conocer y te fascina. Cómo no comprender a Luis Eduardo Aute cuando pedía «más cine, por favor» y, versionando a Calderón de la Barca, cantaba aquello de que «toda la vida es cine y los sueños, cine son».

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